Skip to main content

Full text of "Nelly"

See other formats


E. 1*. UolmfoeKrg. 



NELLY. 



FoUetin do " La Prensa'* de Enero 27 de 1896. 



BUENOS_AYRES. 
compaSIa sud-amhrk:ana 1>E billrtbb de banco. 

Call* Chile, 26.,: 
1896. 



NELLY. 



NOVELA ESORITA POR EL DR. EDUARDO L. HOLMBERQ. 



(folletIh de "la prensa"). 

Manana tendremos la satisfaction de ofrecer a 
nuestros lectores el primer numero de la novela del 
Doctor Eduardo L. Holmberg, uno de los mas ori- 
ginates escritores de nuestra historia literaria, 
■nuchas veces enriquecida con obras suyas, en las 
que el prop6sito trascendental se ha unido siempre 
a la forma agradable, ligera, encantadora, que es 
patrimonio del autor, y en la cual se advierte una 
vigorosa fusion de la noble raza de origen con la 
riquisima naturaleza de nuestra salvaje America. 

Holmberg no es de aquellos que deban ser pre- 
sentados con ceremonia, como uno de esos no- 
bles aparecidos de la noche a la manana en la so- 
ciedad democratica, 6 como genio ignorado, autor 
de maravillas ineditas: sus pergaminos literarios es- 
tan suscritos por las mas autorizadas firmas, y ni 



— IV — 

se encierran en hermeticos tarros de lata, para sal- 
varse de la descolorante action del aire, cual si 
dijeramos, de la destructora influencia del analisis. 

No tal; este escritor es de los que ponen sus ti- 
tulos de nobleza y sus placas honorificas a la dis- 
position del pueblo, seno fecundo de donde sali- 
mos todos y & donde todos volvemos al fin, por 
mas arriba que nos lleve a veces el remolino de la 
casualidad 6 de nuestra inconsciente fortuna. Tam- 
poco hace comedia ni papel para au men tar en im- 
portancia social sus meritos positivos, como los qui* 
lates de fino que tiene una pieza de oro, que siem- 
pre de oro ha de ser donde quiera que se encuentre. 
EI vale porque vale; y descuidado, mal vestidOj 
franco, irreverente, supersticioso, sabio e infantil, en 
cualquiera balanza que se le ponga pesa lo mismo. 

Fero terminemos estos prolegomenos, y digamos 
que Nelly es una de esas creaciones propias de 
Holmberg, con mucho mas espiritu novelesco que 
de ordinario acostumbra, llena de un interes vivi- 
simo que se apodera del lector desde los primeros 
pasajes para llevarlo de emotion en emotion 
hasta el ultimo, al cual el lector llega deslum- 



— V — 

brado, enceguecido por lariqueza del elemento ima- 
ginative), la vatiedad de los tipos y los cuadros, movi- 
dos muchas veces por magia diabolica, aprendida en 
los misterios de Walpurgis, y por la pericia con 
que el autor, hombre de toda ciencia, ha sabido 
aprovechar los recursos artisticos de las novisimas 
ciencias psico-fisicas, que en los nebulosos tiempos 
de Raimundo Lulio habrian hecho creer en la pre- 
sencia substancial de Lucifer. 

Narracion intensamente atractiva es esta, en la 
cual, gracias a la manera como han sido combinados 
los lugares de la accion, nos encontramos, ya en ple- 
na Europa, ya en plena Pampa argentina, y si se 
quiere, en pleno ideal, siguiendo la peregrinacion de 
un j6ven, sediento de conocer un secreto de ultra- 
tumba, secreto de mujer que solo alii sera revelado, 
cuando esten de nuevo reunidos en el ultimo lecho 
nupcial.... 

cTe lo dire al oido», — que pudiera ser el titulo 
de la novela,— «te lo dire al oido», fueron las ul- 
timas palabras de la dulce, amorosa y palida Nelly* 
aquella almita t6nue, pero calida y vibrante, que te- 
nia la virtud de los verdaderos amores, la de adivi- 



— VI — 

nar lo que su amado sentia lejos de ella, y mas 
aun, de sentir ella misma a distancia, y en espiritu 
y en verdad, los efectos reflejos de las pasiones que 
a su adorado atnigo asaltaba'n en pueblos y climas 
remotos. 

Nelly — j ah, la dulce y melancolica ciiatura, 
hija de las nieblas septentrionales! — se queda para 
siempreen la memoria, en ese firmamento infinito 
de la fantasia, semejante a una vision sonada en 
sueno venturoso, alta, envuelta en tunica blanca 
como las espumas de una ola, la ola de pasion casi 
mistica que la arrebata, y la lleva al sepulcro, y le 
da, todavia, mas alta existencia real en la vida de 
su esposo, de ese misterioso Edwin, ingles perfecto, 
aristocratico, casi azul de puro noble, pero ligado a 
la vida por su naturaleza, y a la muerte por su des- 
tino y por aquel secreto de Nelly que solo «te lo 
dire al oido....» 

Seguir mas alia seria develar los encantos que 
s61o al lector pertenecen: a el le dejamos esa agra- 
dable tarea, seguros de que, al empezar la lectura de 
Nelly, apenas podra perdonarnos el que no se la de* 
mos toda de una vez, paia leersela de un respiro 



— VII — 

El interns novelesco que despierta, las profundas 
emociones que procura, y los goces intelectuales que 
encierra para los que tal prefieren en los libros, son 
cosas que no debemos anticipar, porque son la 
sorpresa del obsequio. 

Entretanto, y pasando por sobre algunas reglas 
de modestia, pues se trala de la obra de un querido 
colaborador de La Prensa, el autor de Nelly re- 
ciba nuestras mas sinceras felicitaciones por este 
que sera, sin duda, uno de sus mejores triunfos li- 
terarios, aunque en el se vea que ha querido mas 
bien hacer una narracion interesante y novedosa, que 
una obra de intensa y atildada literatura. 

Al publico, el juicio definitive 

j. V. G. 

Buenos Aires, Enero 26 de 1896. 



DED1CAT0RIA. 



Sr. Profesor Baldmar F. Dobranich. 

Distinguido amigo: 

Cierta noche de Abril de 1895 leiamos en la ca- 
sita rosada del Jardin Zoologico los manuscritos 
de La bolsa de huesos. La luz de la luna llena 
inundaba el ambiente agitado de rato en rato por 
los bramidos de los leones y leopardos enjaulados; 
y este conjunto, unido a. la placidez de la noche 
de Otofio, a. lo semitetrico de la lectura y de la luz 
artificial que alumbraba los manuscritos , produjo 
en usted , y un poco en mi , una sensacion extrafia 
que suele experimentarse en los viajes, y a las mis- 
mas horas, al escuchar en los mares el chasquido 
de los rizos en las velas, 6 en los bosques el rumor 
de los arboles — un soplo de misterio que bien po- 
dria llamarse aura poetica 6 de inspiracion, gene- 
ratriz inmediata 6 Iejana de ciertas creaciones , en 
las cuales, por mas que disfracemos las formas, 
queda siempre flotando nuestro propio sentimiento. 

• Que grande facultad es la atencion ! 

Para ella todo es sujestivo , y cuanto mas creemos 
emanciparnos de su influencia , cuanto mayor es el 
esfuerzo que desarrollamos para sustraernos , en las 
operaciones de la imaginacion, a los encadena- 
mientos de ideas que ella provoca en una fantasia 
bien desenvuelta , tanto mayor es su actividad ava- 
salladora ; y asi , cuando hay dos inteligencias que 
guardan entre si cierta armonia , no es dificil que 
haya tambien analogia en la filiacion de aquellas 
ideas, por m.'is que las inclinaciones de la instruc- 



— X — 

cion y del caracter hayan sido aparentemente di- 
versas. 

Asi podemos explicarnos que , despues de aque- 
lla lectura , regresaramos a. su casa ocupandonos* 
de temas que no tenian vinculacion aparente con 
aquella, pero que, en verdad, hoy podemos con- 
siderar como irradiaciones desprendidas de La 
bolsa de huesos. Conversamos de viajes, de pai- 
sajes,de lenguas orientales, de fakires, de ser- 
pientes , de musica , de politica universal , y un po- 
co de Islandia , de California , de Australia y de la 
Tierra del Fuego — y, cuando llegamos a su casa, 
sin decir una palabra , tomo un cuaderno , lo abrio 
sobre el atril del piano y consagro sus impresiones 
de conjunto interpretando , como usted sabe hacer- 
lo , esa sublime explosion de amor a. la Naturaleza, 
esa nota grandiosa de un alma llena de profundi- 
dades de misticismo panteista , la Sinfonia pasto- 
ral de Beethoven... y no toco mas. 

Las impresiones que usted habia experimentado 
en el Jardin , y que yo casi no advierto ahora por 
la fuerza de la costumbre , se sintetizaron quiza 
para usted al ejecutar aquella obra del eximio maes- 
tro , y asi , lo que para su espiritu completaba una 
efemeride mental, para el mio era una nueva fuente 
de insinuaciones que debian dispersarse en mi pro- 
pio panorama interno. El canto del Ruisenor en 
la Sinfonia no me habia impresionado mas que los 
de los pastores, las danzas y el rumor de la lluvia 
y de los arroyos. 

No se por que ; pero mi sintesis , mi desahogo , 
rni efemeride mental, pedia el canto del Chingolo , 
y con esa impresion me despedi. He oido cantar 
a la Patti y tambien a la Calandria , a aquella en 
los esplendores del teatro y a esta entre las som- 
bras de la selva, y para las dos cantatrices tengo el 
aplauso que les dedican el entusiasmo y la educacion 
universal ; pero cuando , emocionado de alguna 
manera, se desenvuelve en mi el sentimiento de la 



— XI — 

patria con todas las proyecciones al pasado y al 
porvenir, nifia gloriosa que nace cororuuia de lau- 
reles entre los pliegues de azul y blanc-*, y manana 
matrona soberana que tendera esos mi: mos colores 
sobre la multitud de millones de homb; ^ amantes 
del derecho , de la justicia, de la lib rtad y de la 
santa paz del trabajo; cuando escucho iodos esos 
rumores de la vida y de la civilization , confundi- 
dos en una gran sinfonia intraducible, igo aquel 
canto que me parece un simbolo , « m -lodia noc- 
turna, como una evocation al porvenir y una pro- 
mesa de bendicion ». 

No usted , pero alguien si , preguntara como la 
contemplacion de una esplendida noche de Otofio 
en Buenos Ayrfts , y el bramido de leores enjaula- 
dos , podian vincularse con la Sinfonia pastoral 
de Beethoven. Pues ahi esta una de la* maravillas 
de la trama cerebral. 

De la misma manera podria preguntarse por que 
motivO', en aquella misma noche, y al regresar a 
mi casa, me sente a escribir, y escribi lias fa la ma- 
nana siguiente, las paginas que , reunidas despues 
de otras sesiones de pendolismo , se agrupan en un 
todo que lleva el nombre de Nelly. 

De esto hemos platicado mas de una vez , y no 
hay para que insistir. 

Pero , lo que he reservado para este momento, 
y se lo he reservado como una sorpresa amistosa, 
que usted aceptara sin duda, es que mi obra , tal 
como es , se la dedico , mas que como un acto de 
cortesia, como expresion de aquel conjunto de cir- 
cumstancias a que aludi al comenzar. 

Cierto dia, el Dr. Adolfo Davila, que ronocia su 
existencia , se empen6 en publicarla como folletin 
de La Pvensa, y el 26 de Enero de este ano, el 
Dr. Joaquin V. Gonzalez, de la redaction del mis- 
mo diario, la anunci6 a. sus lectores por medio 
de un articulo que incluyo en este librito (y que 
apenas ha retocado su autor despues de auto- 



— XII — 

rizar la publication aqui), porque es tambien uno 
de los pergaminos de que el habla, y lo hago 
con cierta vanidad infantil que debe parecer- 
se mucho a la de llevar en el pecho condecoracio- 
nes y medallas. Si alguien me acusa de inmodesto 
al estamparlo como prologo , recuerde 6 sepa que 
el exito de Nelly se debio , mas que a su propio 
merito , a esos parrafos elegantes y entusiastas de 
Joaquin Gonzalez , y si esto no le parece un motivo, 
digaseme <> ganaron bien las cruces todos los que las 
llevan? y en ultimo caso ^por que no he de recordar 
a nuestro compatriota el Coronel Rojas, cuando, 
al penetrar en un salon en que se hallaba Bolivar, 
dijo este al verle hacer tin saludo seco : « j Por- 
teiio para no ser altanero ! » y dando frente al Dic- 
tador el guerrero Argentino, se desprendio * el 
capote militar y mostrando sobre el pecho los 
premios de cien combates , contesto: « j Mi trabajo 
me cuesta ! » ? 

Sea lo que fuere , jamas he recibido felicitaciones 
mas expresivas, mas sinceras y m&s altas que las que 
ha motivado Nelly — ni tampoco he escrito paginas 
mas discutidas en el sentido de determinar si es una 
obra sentimental 6 humoristica. 

Y yo (j que se de esas cosas? 

La unica escuela literaria que puedo obedecer es 
la de la espontaneidad de mi imagination; mi unica 
escuela cientifica es la de la verdad. 

Nelly flotaba. 

Cierto dia, en 1893, la voluntad dijo: «escribef 
y escribe como los demas ; es necesario someterse k 
los preceptos I » y di comienzo a La casa endiabla- 
da ; pero los preceptos la hicieron dormir un ano 
despues del 2" capitulo, hasta que la espontaneidad 
triunfo y la termine. 

Pero quedo algo, y a principios de 1895 escribi 
La bolsa de huesos. 

Pero tambien qued6 algo. 

Nelly flotaba. 



XIII 



Como se tradujo, como aparecio y por que causa 
determinante , usted lo sabe ahora. 

Una observation, para terminar. 

Nada mas grato que la critica. 

Entre las numerosas personas que me han habla- 
do de Nelly, algunas me han dicho que es corta, 
que el final se precipita. 

No comprendo esto. 

En los dialogos, creo que los personajes dicen 
todo lo que tienen que decir. Cuando Nelly habla 
con Edwin, se expresa , supongo , con la correccion 
de una senorita educada que no regala a los lecto- 
res treinta paginas de dialogo amoroso, por temor 
de decir muchas tonterias, y me parece que en la 
conversacion que precede a la despedida de Edwin , 
el tema no se puede desarrollar mas, so pena de 
escribir un tratado de filosofia. La narracion de 
Edwin corresponde a su objeto. Si se extendiera 
mas, dejaria de ser cortes y haria olvidar el asunto 
principal. El interes que despiertan el Egipto y la 
India se debe mas a los temas que a lo que el dice, 
y, en todo caso , los historiadores y los geografos los 
han tratado muy bien. Los « devaneos de turista » 
como algun excelente amigo ha clasificado las aven- 
turas de Edwin con la Almea y la Bayadera, se en- 
cuentran bien tratados en el Kama-Sutra , en la Bi- 
blia y en otros libros analogos , cuya lectura no es 
popular. 

El cuadro relativo a la muerte de la madre de Mi- 
guel y de Serafina es tal vez lo mas discreto de toda 
la obra, y, por ultimo, lo que ocurre enlnglaterra y 
su desenlace son la consecuencia de lo anterior. 

I Mas episodios ? £ Para que ? 

Que los personajes , particularmente Miguel y sus 
compaKeros, no se diferencian casi en su modo de 
hablar? Es natural. Individuos de la misma catego- 
ria social, de la misma education — iguales — ,ipor 
que motivo han de hacer morisquetas propias 6 em- 
plear terminos distintos , si eso no tiene objeto ? 



— XIV — 

Dos hoi ibres de mucho talento han hallado en 
Nelly dos t>nos opuestos. Uno, Joaquin Gonzalez, la 
llama « dul< sima y melanc61ica criatura.... semejan- 
te a una visum soiiada en suefio venturoso*; otro 
( que no nombro , porque me lo ha dicho en carta ) 
la considera < el tipo mas perfecto de la mujer cla~ 
vo ...... 

<>Que mucho, si un mismo lector, en un mismo 
libro , encuentra a. veces dos espiritus ? A los quin- 
ce afios lei 1 1 Quijote, y fue tanto lo que me hizo 
reir a desternillarme, que me enferm6. A los veinti- 
tres no me hizo reir, pero me hizo pensar. 

I Dire algo de los que afirman que Nelly no lie- 
ne desenlace, y que, despues de un examen prolijo , 
resulta que no han leido los ultimos numeros? 

Nelly no es una obra doctrinaria. £ Por que ? 

I Para que ? 

(jDoctrinas? En la catedra 6 en el libro de otro 
corte. 

I Como ! i Porque usted es un excelente filologo y 
un profesor incomparable no ha de poder tocar el 
piano , 6 leer a sus chiquilines un cuento de hadas ? 

I Ser6 tan desgraciado que por el hecho de haber 
profesado la doctrina de la evolucion y porque aho- 
ra lidio con rejas, paredes, plantas y animales en 
el Jardin Zoologico no he de poder asistir a una 
representacion del «Juan Moreira* 6 de «La verbe- 
na de la paloma* ? 

Cada cosa a su tiempo. 

En alguna otra ocasion le he de referir un cuento 
muy interesante de un Coronel sordo que castigd a 
toda la banda de musica; pero, como necesita un 
poco de mimica, no puedo contarselo ahora. 

Antes de firmar, leo lo que precede y encuentro 
que comenc£ a escribir con cierta gravedad y que 
ahora tengo tentaciones de penetrar de lleno en mis 
espontaneidades. 

[Preceptosl Para preceptos sirvo yo. 

Con mucho mas por ahora, deseo que acepte a 



— XV — 

la c dulcisima y melancolica » Nelly y el abrazo de 
que es portadora — tanto mas cuanto que hoy cum- 
pie un ano y la pobrecita quiere dar los primeros 
pasos. 

E. L. HOLMBERG. 

Buenos Ayres, Abril 15/96. 



NELLY. 



i. 



EDWIN. 

El caseron del viejo General parecia un cuar- 
tel, — y lo habia sido en su tiempo; — pero el andar 
de los afios y el cambio de las cosas, habian 
transformado las grandes cuadras en depositos de 
herramientas y de lanas, en bodegas y en graneros. 

Ningun recuerdo vivo palpitaba en sus ambitos 
sombrios; ningun eco de relaciones de guerra 6 de 
batalla descendia de los gruesos tirantes de palme- 
ra, de los que colgaban, como flecos 6 cendales, 
las telaranas empolvadas de rincuenta generaciones. 

En las paredes, muchas veces blanqueadas, se 
habian borrado todas las marcas e inscripciones, 
todos los simbolos de amor 6 de queja, y solamente 
alguna vez, en el corredor, cuando la luz caia muy 
oblicua, y por depresion de la cal, se senalaba al- 
gun corazon flechado, 6 un letrero enigmatico, que 
esculpieran artifices an6nimos, y que sin duda dor- 
mian ya el ultimo suefio en algun rincon ignorado 
del vasto mundo. 



- 2 - 

No tardo rauchas semanas el arquitecto en echar 
el piano sobre el papel, si es que lo hubo. 

Planta cuadrada, con un inmenso patio de igual 
forma en el centro, y corredores sostenidos por pi- 
lares de quebracho, hacia el patio y en el exterior. 
Techo de tejas. £1 costado que miraba at Este 
ofrecia mayor numero de aposentos, siendo de altos 
los de la porcion central, y en esta parte del edifi- 
cio se adosaba, al cuerpo elevado, un mirador con 
almenas. 

La propiedad era vastisima; pero toda ella aten- 
dida a la moderna, lo que habria disgustado en ex- 
tremo al viejo General, si se hubiera asomado por la 
reja de su tumba de marmol, despues de apartar, 
con los huesos del brazo, las coronas de siemprevi- 
vas que casi cubrian su feretro. 

Los hijos respetaron el caseron, concediendole 
solamente algunas manos de cal para rejuvenecerlo, 
y quitaron a laPampa su aspecto uniforme, salpi- 
candola de montes de duraznos, de eucaliptos, de 
sauces, de alamos y acacias, y los nietos, mas tarde, 
adornaron la parte que quedaba del lado del Na- 
ciente con jardines y parques, y aumentaron los 
cultivos mayores con vifiedos. 

Algunas veces, la familia veraneaba alii, y en- 
t6nces, a la animacion de la vida campestre reem- 
plazaban el rhovimiento y alegria de los puebleros. 

El piano se dejaba oir con frecuencia; los caba- 
llos, los petizos, los carruajes, iban y venian, mien- 



- 3 - 

tras que las sombrillas y trajes vistosos daban la 
nota brillante de color. 

Fero cuando Mayo llegaba, todo esto se desva- 
necia; cerrabanse los armarios llenos de sombreros 
de paja, de pantallas y de latigos; los colchones se 
doblaban sobre las cujas y marquesas, y los caba- 
lletes, haciendo guardia en los aposentos, eran en- 
sillados con las monturas cubiertas por los mandiles; 
una funda de brin con vivos rojos envolvia el piano, 
y millares de tnoscas condenadas daban comienzo 
a sus bailes fantasticos entre los postigos cerrados 
y los vidrios. 

Entonces reinaba alii el silencio, y se animaba 
en cambio la casa solariega de la ciudad. 

En las piezas altas, todo quedaba como antes, 
porque uno de los nietos, joven de 30 afios, visi- 
taba la estancia con frecuencia y dun se quedaba 
en ella semanas enteras, atendido por el sirviente 
que le acompanaba siempre, mientras que la encar- 
gada de ventilar las piezas, de cuando en cuando, 
era la mujer del jardinero. 

Insigne cazador, surtia de perdices, de patos y 
de chorlos a la familia ausente; dedicaba una ho- 
ra, todas las tardea, al cuidado y limpieza de sus ar- 
mas, y el resto de su tiempo lo distribuia en la lec- 
tura 6 en paseos a caballo. 

Poco tenia que preocuparse de las atenciones 
rurales, porque para eso estaba alii el Administra- 
dor, en el que la familia tenia una f6 ciega. 



_ 4 — 

Era muy raro que Miguel fuese solo a la estancia, 
porque casi siempre le acompanaban uno 6 mas de 
sus amigos, los cuales, de un nivel social como el 
suyo, gozaban alii de la mas completa libertad y 
podian entregarse a sus respectivos gustos, sin que 
nadie les incomodara, de modo que, solos unas 
veces, y en companla otras, se dedicaban a la pes- 
ca, a la caza, a la musica 6 a lectura, segun so- 
plara el viento para cada uno. 

Por esto mismo nadie se fastidiaba, aunque Mi- 
guel y muchos de sus amigos eran hombres de club, 
parias de la alegria serena y sacerdotes del spleen. 

— «(iPorque no me acompanas unos dias en la es- 
tancia? me voy maiiana» — me dijo en cierta ocasion. 

— t<iEn. que tren te vas?» 

— «En el primero.» 

— <Muy bien. Si me animo, tomare contigo el 
primer tren.» 

— «Sale a las 7; no lo olvides.» 

— «A las 7 menos cuarto nos serviian el cafe en 
la estacion.» 

Conociael modo de ser de mi amigo, y no ne- 
cesitaba hacerle preguntas. Por lo demas, aquel 
viaje seria un descanso,— y no era poca la falta 
que me hacia. 

Cuando el primer tren se puso en marcha, Mi- 
guel y yo, en un departamento pequeSo, hablaba- 
mos de las maravillas que ibamos a realizar con 
nuestras escopetas. 



No estabamos solos, sin embargo. Tres jdvenes 
mas se ocupaban de lo que les parecia mas conve- 
niente. 

Leia el mayor un diario de la manana; el menor 
desarreglaba y arreglaba una balija, y el tercero, 
con las piernas cruzadas y estiradas, daba apoyo a 
los talones bajo el asiento de enfrente. 

Su pipa de madera contenia tabaco para diez 
leguas. 

Despues de un cuarto de hora de conversacion, 
Miguel se puso de pie y miro de cierto modo. 

— «,;Parece que ustedes no se conocen?» — pre- 
gunto. 

— «Quiza de vista. » 

Mediaron las presentaciones. Al llegar al de la 
pipa, su formalidad alcanzo limites diplomaticos: 

— cEl sefior Edwin Phantomton.* 

— cCaballero » 

— cSenor » 

Con el unico antecedente de los nombres, era 
dificil hallar tema de conversacion; pero tratandose 
de un ingles, la tarea se facilitaba con esas mil tri- 
vialidades que sirven de pr61ogo a expansiones mas 
intimas y al desarrollo de temas mucho mas serios. 

El sefior Phantomton era rubio y delgado, usaba 
bigote caido, y en sus ojos vagaba una niebla de 
misteriosa sugestion. Vestia correctamente, como 
todos los ingleses acoraodados, y conversaba con la 
franqueza de un hombre que dice lo que piensa, 



— 6 — 

lo cual no suele ser agradable para los que no 
piensan lo que dicen. 

Todos ibamos a la estancia de Miguel, en cuya 
compania pasariamos diez dias. 

Despues de unas tres horas de viaje, llegamos a 
la estacion de parada. Dos carraajes estaban espe- 
randonos. En uno de ellos se colocaron las balijas, 
las cajas y los perros, y en el segundo nos acoraoda- 
mos nosotros. 

Estabamos a fines de Junio. El aire fresco, pero 
no frio; mas bien agradable y siempre puro. El cie- 
lo sin mancha, aunque, a Poniente, una banda ne • 
gra. Al Sudeste nubarrones blancos. 

A las once llegamos a la estancia. El Adminis- 
trador salio a recibirnos, y despues de los saludos, 
de estirar las piernas y un poco los brazos, Miguel 
nos invit6 a subir a los altos para arreglarnos, ba- 
jar y almorzar. 

La mesa estaba tendida y pronto la rodeamos. 

Cuando hubimos terminado, Miguel se levanto 
antes que los demas y dijo: 

— «Caballeros: desde ahora haga cada uno lo 
que mejor le agrade. Hay perdices y mulitas en el 
campo. En la cocina siempre hay huevos y came 
fresca; en aquel armario, botellas y conservas; en la 
antesala esta la biblioteca. Sr. Phantomton, usted 
ya sabe lo que nosotros entendetnos por 'esta us- 
ted en su casa', cuando se dice a un amigo.» 

— «Oh! gracias. ,>Va usted a cazar?» 



- 7 - 

— «Si usted qui ere acompafiarme, tendre el ma- 
yor gusto.* 

— «Yo lo tendre en acompafiarlo, pero no en 
cazar; su senorita hermana no me ha exigido que 
las perdices que debo mandarle sean muertas por 
mi; es lo mismo que las mate usted. » 

— -sqPero, hombre! y yo que habia creido que 
usted era un excelente tirador!» 

— «Regular, regular; pero hoy no; manana, co- 
mo dicen ustedes los portefios.* 

— «^Y que mas.tiene manana que hoy?» 

— «Presiento un cambio atmosferico, y, si he de 
decir la verdad, mis nervios no prometen nada bueno. » 

— «Los nervios se le han de calmar con buenos 
churrascos y cimarrones.» 

— «^Cimarrones? <;que es eso?» 

— «jC6mo! Usted que habla ya nuestro idioma 
como nosotros <;no sabe lo que es un cimarron?» 

— «Verdaderamente no.» 

— «Mate amargo.» 

— «Oh! mate! si <;c6mo no? Yo tomare mate.» 

— «Bueno, cuando usted lo desee, no tiene mas 
que hacer que pedirlo.* 

Un momento despues, nos dispersabamos por el 
campo, como bandada de muchachos alegres, y 
dabamos una batida formidable a las perdices, que 
caian atravesadas por el plomo, como si ello hubie- 
ra sido su unica ocupacion. 

El Sr. Phantomton habia elegido el parque. Lie- 



- 8 - 

vaba un libro bajo el brazo, y la pipa bien car- 
gada. 

A las dos y media regreso al comedor. Tomo 
una copa de whisky con soda, y continuo su paseo, 
su lectura y los cariiios a su pipa. 

En uno de tantos zic-zags de cazadores, me en- 
contre con Miguel. 

— -«Companero, yo me planto. Esto pesa ya mu- 
cho.» 

— «Yo tambien; regresaremos juntos entonces.» 
— «Dime, Miguel: mas 6 menos, yo conozco a 

esos dos jovenes criollos que nos han acompanado; 
sus familias son bien conocidas, y facilmente nos 
entenderemos; pero me harias un servicio si me di- 
feras quien es ese joven ingles que tiene un ape- 
Uido tan'raro como su mirada.* 
— «,>Por que raro?» 

— «(Su apellido?» 
— «Si.» 

— «Pero hombre! tu sabes ingles.* 
— «'jEs cierto! Phantomton, el sitio 6 lugar del 
fantasma!* 

— «Ya ves que es un apelIidoextrano.» 
— «Pero mesuena como Phantendon.* 
— «Pero es Phantomton.* 

— «Asi es! (>Y la mirada? » 

— «No s6 lo que le encuentro; pero tiene algo de 
melancolia agria; la expresion de un hombre que 
lucha con la vida y con el dolor; pero que quiere 



- 9 - 

vivir, y vivir feliz. En sus ojos no hay un solo des- 
tello del suicida.* 

— «Me parece que si tu escopeta hubiese chin- 
gado como tus observaciones, no tendrias una sola 
perdiz en el morral.» 

— «No te he dicho que haya hecho observaciones; 
se han hecho solas al conversar con kl; ni pretendo 
ser infalible, porque esto se deja para el Papa.» 

— «<;Y si yo te dijera que ese ingles esta enamo- 
rado?» 

— «Te diria que eso esta de acuerdo con mi 
idea de que lucha con la vida y quiere ser feliz. » 

— «Bueno, pues: Edwin, segun dicen algunos, es 
el novio aceptado de mi hermana Serafina. Mi 
madre lo estitna mucho, y nosotros tambien. Es 
un caballero perfecto, vinculado a la Legacion Bri- 
tanica, y nos ha sido presentado por el Ministro 
ingles. » 

— «Mira, Miguel: mi pregunta no es la de un 
simple curioso. Probablemente permaneceremos aqui 
diez dias, y nada te cuesta comprender que no es 
al Sr. Phantomton a quien voy a preguntarle, para 
facilitar nuestras relaciones, de donde viene, quien 
es, y a donde va.» 

— «Es porque no eres diplomatics 

- «Y ^para que necesito serlo?» 

— «Para tener paciencia. El no me ha pregunta- 
do quien eres tu, porque sabe que tu mismo se lo 
haras saber. » 



- 10 - 

— «Es que el es un diploma tico del Norte. » 

— «Y tu del Sur.» 

— «No faltaria mas sin6 que ahora anduvieramos 
con etiquetas para dirigirnos una pregunta.* 

— «Esa no es la cuestion,* — dijo Miguel, tapan- 
dose una parte del bigote con el labio inferior, 
abriendo los ojos y balanceando la cabeza. — «,jSa- 
bes? Si es cierto que Edwin esta de novio con Se- 
rafina, no se casara con ella mientras yo no sepa 
que motivos son los que comunican a sus ojos una 
expresion tan rara. ^Has oido ahora?» 

— «Supongo que no me guardaras resentimien- 
to por la pregunta?* 

— «jLucidos estariamos!» 

— «No; pero tratandose de una persona casi vin- 
culada a tu familia » 

— «Eso no importa. He querido dejar correr la 
broma s61o por ver si algo se te oourria; pero ten- 
go la obligacion de declararte que la mirada de 
Edwin me ha preocupado mas de una vez. Yo quie- 
ro que mi hermana se case con un hombre como 
todos los demas, y el que tiene semejante mirada no 
es como los demas. » 

Nuestros dos compatriotas que, de lejos, nos ha- 
bian visto regresar, nos imitaron, y un cuarto de 
hora despues descargabamos los morrales. El senor 
Phantomton Ueg6 al poco rato. 

El sol se habia ocultado ya, no sdlo porque era 
hora, sin6 porque la banda negra de Poniente ha- 



11 



bia subido mucho sobre el horizonte. En la pe- 
numbra de Invierno veiamos sacudirse los arboles del 
parque, y alia, en el Sudeste, se amontonaban, ele- 
vandose, los nubarrones blancos. Las aves de co- 
rral buscaban refugio en los corredores del patio, 
mugian los toros y vacas con voces siniestras, los 
cabal los se mostraban inquietos, los balidos de las 
ovejas encerradas eran mas lastimeros, y se podia 
observar que los perros, despues de corretear con- 
brio inusitado, buscaban la proximidad de sus amos, 
mostrandoles algo insolito en la noble mirada. 

Los relampagos se desprendieron de los nim- 
bos, y el cielo de la noche se incendio con el ince- 
sante titilar de sus fulguraciones. Rodo el trueno en 
las alturas; y un viento furioso precedio a uno de 
esos aguaceros que hacen epoca en la provincia de 
Buenos Ayres. 

Despues de la sopa caliente, Edwin initio la con- 
versation. 

— «<:Que dicen ustedes de esto, senores?» — pre- 
gunto. — «<;Que tal los nervios?* 

— «Como bar6metros.» 

— «^Con que era que se curaba e90, don Mi- 
guel?* 

— «Cimarrones.» 

— «jOh! si, con cimarrones. Pues vea usted: no he 
tornado ninguno y observo que empiezan a calmar- 
se; pero todavia falta alguna cosa.» 

Mientras comiamos, conversabamos, viendonos 



- 12 - 

obligados a alzar la voz para dominar el estruendo 
de la gruesa artilleria celeste. De pronto un ruido 
infernal se agrego a los anteriores. Avanzaban los 
fusileros. Una descarga de granizo incesante, impla- 
cable, cubrio los campos en pocos segundos, y su 
gran resplandor se animaba bajo el azote del relam- 
pago. 

— «Felizmente,» — observ6 Miguel, despues de un 
rato, — «las sementeras no han brotado aun. Hoy 
es 21, #10 es verdad?* 

— «2i, justamente. » 

— «Invierno lluvioso.* 

— «,>Hay observaciones regulares que permitan 
afirmarlo?* — pregunto Phantomton. 

— cNo: pero la experiencia la tradicion. A 

proposito <»saben ustedes que hace frio? jNo les pa- 
rece que seria muy bueno encender la chimenea?* 

— «jSublime!» 

— «,jQue prefieren: lena fuerte 6 carbon?* 

— «La lena es mucho mas alegre,* — dijimos en 
coro. 

— «Pues trae lena, Nicolas, y bastante ,ieh? de 
olivo y de nandubay,»— ordeno Miguel 4 su criado. 

A los pocos minutos, las primeras lenguas de 
llama Iamian los trozos de madera que llenaban el 
hogar, saltaban las chispas, y estallaban, en frecuen- 
tes crepitaciones, las humedades en ellos encerra- 
das. 

Despues del cafe, rodeamos la chimenea. Nicolas 



- 13 - 

levantd la mesa, coloco en el'a una bandeja con li- 
cores y copas, y pidio 6rdenes. 

— «Vete a comer, y, cuando acabes, trae mas 
lena.» 

— «<;Sabes, Miguel, que se me ocurre una cosa?» — 
dijo uno de los compafieros. 

— «^Cual? » 

— «Que seria muy bueno que hicieras traer mu- 
cha mas, y, si hay quebracho, mejor. Tengo una 
idea.* 

— «<>Incendiar la casa?» 

— «Mejor que eso. Aunque no soy friolento, pre- 
feriria dormir aqui. Alia arriba no hay chimenea.* 

— «jPero, hombre! tienes razon; no se me habia 
ocurrido. ,>Has oido, Nicolas?* 
— «Si, senor.» 
— «Bueno; ya sabes lo que hay que hacer.» 



II. 



UN GEMIDO. 

— «En una noche como esta» — dijo Miguel — 
«hace cinco anos, ocurrio aqui un accidente singular. 
Nos habiamos venido a pasar unos dias con mi pa- 
dre, y estabamos sentados en este comedor, cuando 
el reloj dio las once. — '<;No te parece que nos vaya- 
mos a acostar?' — 'Vamos.' — 'Mira, hay mucha lena 
ahi; podria saltar una chispa, y es mejor apagar es- 
tas brasas; echales un poco de agua con la jarra.' — 
Asi lo hice. Una nube de vapor se levanto de los 
gruesos tizones que chirriaron bajo el chorro, y nos 
fuimos a acostar, despues de apagar las luces. Iba yo 
delante para alumbrar con fosforos; llevaba la caja 
en una mano y una cerilla encendida en la otra, 
cuando un trueno formidable, algun rayo que cayo 
cerca, me hizo extremecer y soltar la caja, que cayo 
al piso bajo, pasando por la baranda de la escalera. 
Me preparaba 4 bajar para buscarla, cuando oi a mi 
padre que me decia: — 'No te preocupes, yo tengo 
aqui.' — En efecto, el hizo luz. Cuando llegamos al 
saloncito, encendio la lampara de kerosene, dej6 la 
caja sobre la carpeta, y nos sentamos junto a la mesa 
a comentar nuestras impresiones. En eso estabamos, 
cuando se le ocurri6 alguna consulta.— 'Mira'— me 



- 16 - 

dijo, — 'baja, y traerae de la biblioteca Les miUores 
de Rambosson. — Habia llegado a la antesala, donde 
esta el armario con los libros, y ya llevaba la mano 
al que buscaba, cuando otro trueno, mas fuerte aun 
que el anterior, me sacudi6 casi a punto de hacerme 
soltar el candelero. Al mismo tiempo, un gato infa- 
me, que estaba sobre el armario, me salto eucima y 
me apago la vela. En eso oigo la voz de mi padre 
que gritaba: — 'jMiguel! ;Miguel! jven pronto!' — Corro 
entre las tinieblas, y, en la confusion, busco la esca- 
lera y no la encuentro. — 'jMiguel! jMiguel! jprontol' 
— gritaba mi padre. Busco, tanteo las paredes, Uego 
a una ventana y se me ocurre abrir un postigo. A la 
luz de un relampago, reconozco que estaba en el 
aposento que precede al de la escalera. Llego a esta, 
y apenas he trepado cinco escalones, siento pasos pre- 
cipitados hacia mi. — '<;Quien Vo? — grito, y un formi- 
dable 'jMau!' se confundecon la voz de: — 'jFuego!' 
En un momento estoy arriba, y me encuentro a mi pa- 
dre que procuraba extinguir un incendio con una al- 
mohada. Felizmente 61 estaba ileso. Arranco la car- 
peta con todo lo que habia encima, saco las cobijas 
de nuestras camas, y consigo dominar el fuego. — 'Y 
ahora ^que hacemos?' — 'jLuz!' — 'Si, pero usted tiene 
los iosforos!' — 'iQue quieres que yo los tenga, mu- 
chacho, si han ardido como p6)vora?' — 'Pues voy a 
buscar los que se me cayeron.' — Bajo la escalera y 
empiezo a tantear por el suelo. Nada. Abro un pos- 
tigo, y, a) ver luz, se me avalanza el gato, me da un 



- 17 - 

susto, atropella un vidrio, lo rompe y se escapa. Des- 
pues de media hora de tarea inutil, vuelta a subir, y 
buscando entre los bolsillos de una levita que habia 
en mi ropero, encuentro un fosforo. Ahora el pro- 
blema: — '<;Que se hace con esle fosforo? ,Jr a buscar 
el candelero y prenderlo en la antesala, 6 bajar y 
encenderlo cerca de la caja de fosforos?' — 'Esto' — 
dijo mi padre. Bajo, y calculando por donde habria 
caido la caja, enciendo el fosforo, y una racha, en- 
golfada por el vidrio roto, me lo apaga. — 'Y ahora 
^que hacemos?' — preguntaba desde arriba. — *Y <ique 
hacemos?' — le decia yo desde abajo. — 'Acostarnos al 

tanteo.' — 'Eso es muy bueno; pero y las cobi- 

jas?' — 'jDiantre, tienes razon: tomaremos las de tus 
hermanas.' — '<;Y las Haves?'— 'jOtra!' — 'Pero ,>c6mo 
fue la cosa?' — 'Ese gato maldito que entro corrien- 
do, salt6 por sobre la mesa, se llevo la lampara por 
delante, la volte6 y la hizo pedazos sobre la catpe- 
ta; de aqui el fuego. Bien, hijo mio, si no se te ocu- 
rre algo mejor que a mi, yo, por mi parte, me voy 
a acostar sin cobijas. — 'Pues yo me quedo a buscar 
los fosforos.' — Haria media hora que buscaba, tan- 
teando el suelo, cuando oigo que mi padre se reia 
a carcajadas. — 'jMiguell jMiguel! ya tengo luz!' — 
',;D6nde?' — 'jEn poder de Nicolas, hombrede Dios!' 
— 'Yo creia que en Los Meteoros de Rambosson,' 
— le conteste con ironia, al ver que a ninguno de 
los dos se nos habia ocurrido empezar por ahi. Lla- 
me a Nicolas, y todo se facilit6 ent6nces. Era la una 
de la manana.» 



- 18 - 

Festejamos la narracion, por la rapidez con que 
fue hecha, y Edwin, poniendose de pi6, y acercan- 
dose a la mesa para servirse de una de las botellas, 
pregunto: 

— «,;Y la caja de fosforos?* 

— «Cien veces habia estado a un centimet.ro de 
ella.» 

— «En una noche corno esta»— dijo Roberto — cyo 
tuve que pasarme ocho horas con el agua helada hasta 
la rodilla, en una inundacion del Rio Negro de Pata- 
gonia, hace algunos anos. Todavia me hielo al recor- 
darlo. Voy a probar un poco de whisky yo tambien.» 

— «En una noche coma esta» — dijo Alfredo — 
se me volo el tscho de zinc del rancho que habia al- 
zado y tome el bano de lluvia fria mas laigo que se 
puede recetar como ejemplo de mortificacion.» 

Viendo que Edwin no decia nada despues de al- 
gunos minutos de silencio, me parecio que habia 
llegado mi turno: 

— «En una noche como esta, en Tucuman, mis 
companeros yyo, entre los bosques, recibimos hospi- 
talidad en una ramada, cuyo suelo, mas levanta- 
do en el medio, a lo largo, nos permitio colocar los 
recados con las cabeceras en esa parte mas alta. Al 
otro dia, al despertar, nos faltaba una pierna.* 

— «Y ^que se habia hecho?» 

— «Estaba escondida bajo el agua.» 

— «,;Y no habian sentido?* 

— «^Que ibamos a sentir? jsi era en Verano!» 



— 19 — 

— «jPero eso es inverosimil!* 

— «<;Por que? si las ropas, empapadas por el 
aguacero, estaban mas frias que el bano.» 

— «jHem!» 

— «Los que han recorrido el Chaco cuentan co- 
sas semejantes, y con frecuencia.* 

— «Lo que es por mi parte* — agrego Roberto — 
«justifico mi afirmacion con el testimonio del ejer- 
cito del Rio Negro en 1879. Lean, si no, el librito 
de Prado, al tratar de la inundacion. Ciento ochen- 
ta y cinco horas estuvieron algunos soldados con 
el agua helada hasta la rodilla.» 

— «Es cierto;* — dijo Miguel— «lo he leido, y lo 
he oido.» 

Edwin Phantomton habia guardado silencio hasta 
ent6nces. Sentado cerca de la chimenea, con la mi- 
rada fija en el fuego, y los dedos entrecruzados, apo- 
yaba los codos cerca de las rodillas. 

De pronto se incorporo. 

— «En una noche como esta,» — dijo — «me en- 
contraba en la India » 

Su palabra fu6 bruscainente interrumpida. 

Un gemido profundo y doloroso parecio escapar- 
se de un pecho de mujer. 

Al sentirlo, al experimentar a lo largo del espi- 
nazo un extreraecimiento de frio, saltamos como 
con resortes y nos pusimos de pie. 

— «,;Que es eso?» — preguntamos en tono alto y 
vibrante. 



- 20 - 

Edwin conservaba su misma actitud. 

— «Es un gato» — dijo Alfredo, procurando son- 
reir. 

— «Eso no es un gato» — dijimos los demas, me- 
nos Edwin. 

— «Ese quejido es de mujer,* — observo Miguel. 

— «Lo es» — repetimos. 

Con mano nerviosa, Miguel se apodero del cor- 
don de una campanula y tiro de el. 

— «Todas las mujeres que hay aqui, son vie- 
jas,» — agrego — «y ese gemido es de mujer joven.» 

Nicolas entro precipitadamente. 

— «(jHay ahora alguna mujer joven en esta casa?» 

— «Ninguna, que yo sepa, senor.* 

— «Corre, y preguntaselo al Administrador, y, si te 
dice que no, toca en el acto la campana de alarma.» 

— «No es un gato» — dijo Edwin; y por cada una 
dc sus mejillas palidas corria unagruesa lagrima. 

Un minuto despues sonaba la campana, y se oian 
voces. — «<;Que hay?» — «^Qa6 hay?< — c,jQuepasa?» 

— «E1 patron los necesita?* — contestaba Nicolas 
a todos. 

Miguel abriu la puerta y salio al corredor. 

Numerosos peones venian de diversas partes. 

— « Acabamos de sentir un gemido de mujer j6- 
ven,» — dijo Miguel, — «y esnecesario que ahora mis- 
iiio recorran los alrededores para ver lo que hay. 
Nicolas, pon luz en todos los cuartos, y abre los 
postigos de las ventanas.* 



- 21 - 

Edwin estaba mudo. 

Revisamos todos Ios aposentos, altos y bajos. 

Nada. 

— «Yo voy a la torre* — dijo Roberto. 
— «Te acompano,» — agrego Alfredo. 
Tomaron una vela y se encaminaron a la torre. 

En el aposento mas bajo se detuvieron y oimos 
luego sus pasos que continuaban la ascension 

Al cuarto de hora estaban otra vez en el co- 
medor. 

No habia nada. 

Despues de hacer pesquisas en todo sentido, los 
peones regresaron. 

— «No hemos encontrado nada, patron,* — di- 
jeron. 

— «Pero esto no puede ser ilusion; lo hemos oido 
bien los cinco. Digame, senor Edwin, usted que es 
mas flematico que nosotros, y que no se ha movido 
(icree que pueda ser ilusion?* 

Edwin estaba mudo, pa lido, frio. 

Aquella realidad palpable era mas grave. Miguel 
corrio hacia un armario y saco de el un frasco de 
agua de Colonia, con la qi.e empezd a frotarle las 
munecas. 

— «,;Tienes eter?» — le pregunte. 

— cSi, en ese mismo armario, tercera tabla, a la 
izquierda.» 

Se le aplic6 a la nariz un panuelo con eter, y 
Edwin volvi6 en si. 



- 22 - 

— «<;Se siente usted mal?» 

— «No, sefior; gracias; esto ya paso.» 

— «Pero <jque ha ocurrido?* 

— «Nada, nada; hoy no; por favor, no me pre- 
gunten mas. Yo les adverti que mis nervios no 
anunciaban nada bueno.» 

La cortesia mas elemental nos obligaba a guar- 
da silencio. 

Nicolas, acompafiado por uno de los peones, 
moceton agil y manoso, coloco la mesa a un lado, 
y trajo camas que distribuyo en el comedor. De las 
piezas altas bajo colchones y ropas, y despues de 
tendidas, y todo dispuesto, pidio 6rdenes. 

— «(iQue toman ustedes por la mafiana?* 

— «Te.» 

— «Cafe.» 

— «Mate.» 

— «Ya lo has oido. Echa unos trozos de quebra- 
cno en la chimenea, y acuestate.* 

Eran las once y media. 

— «Dime, Miguel, ,>quien habita la torre?» — pre- 
gunto Alfredo. 

— «Nadie, ,;por que me lo preguntas?* 

— «A1 subir al segundo aposento, hemos visto, 
junto a una mesita de trabajo, un anciano que exa- 
minaba pianos y manuscritos.* 

— «<;Estas sonando?» 

— «Roberto lo ha visto tambien.* 

— tS61o falta que les haya dicho: 'Buenas noches'.» 



23 



— «Y nos ha contestado el saludo,» — observ6 

Roberto. 

— «Acompanenme; yo tambien quierb verlo.» 
Miguel tomo el camino del mirador en compania 

de sus dos amigos. 

— «<>Y?» — pregunte cuando bajaron. 

— «Ilusiones de estos. <;Que tipo tenia el an- 
ciano?» 

— «Un Undo tipo: frente despejada, nariz agui- 
lefia, bigote bianco y poblado, cabellera de nieve, 
cejas abundantes y de pelos largos. » 

— «^Ojos?» 
— «Oscuros.» 
— «,jTraje?» 
— «Militar.» 

— «jPero ese es el retrato de mi abuelo!» 

— «Nunca lo he visto,» — observo Roberto. 

— «Yo tampoco,» — agrego Alfredo. 

— «,;C6mo no? (jY no estuvieron en la sala, hace 
un rato, cuando el gemido?* 

— «No hemos estado en la sala.» 

— «Bueno: vamos alla.» 

Tomo Miguel la vela y se encamino hacia la 
sala. Alii, en una de las paredes, estaba suspendido 
un retrato al oleo del viejo General. 

— «|Es identicoU — exclamaron a un tiempo los 
dos amigcs. 

— «Si es asi, no hablemos mas de este asunto; 
manana tendremos oportunidad de hacerlo.» 



- 24 - 

Nos acostamos, abrigandonos bien, y habriamos 
dormido si hubiesemos podido. 

Pero las voces lejanas de los animales, el rumor 
de las hojas, los ruidos del viento al engolfarse en 
la chimenea, el azote de la Uuvia en los techos, for- 
maban un gran coro misterioso, en el que parecia- 
nos distinguir aquel lamento, traduccion incom- 
prensible de un dolor infinito. El sueno, balsamo 
tibio, tendia sus grandes alas sobre nuestras cabe- 
zas, y cuando estaba a punto de envolvernos y do- 
minamos, un nuevo rumor lo alejaba, como esas 
brisas desiguales que levantan, de la superfkie 
proxima, las grandes aves marinas. 

En la chimenea descendia el nivel de las brasas 
cubiertas de ceniza; un resplandor cada vez mas te- 
nue anunciaba la proxima extincion, y la oscuridad 
creciente borraba las fcrmas indecisas de los cuerpos. 

De tarde en tarde oiase la voz del trueno naci- 
do en la distancia, mientras el viento y la lluvia, mo- 
notones, frios, iguales, acariciaban nuestros oidos 
con sus tonos y nos filtraban un adormecimiento 
fugitivo. 

En medio de la lucha por conciliar el sueno, y la 
influencia extraordinaria que ejercian en nuestro 
espiritu inquieto el eco del gemido y la aparicion 
del anciano en la torre, se extinguio la ultima brasa, 
y reino en el aposento la mas completa oscuridad, 
no interrumpida m siquitra por el resplandor de los 
ultimos relampagos. 



- 25 - 

Calmo el viento, y paro el aguacero, que se trans- 
formo en llovizna, lo que se nos ocurria oomo in- 
terpretacion de un ruido de gotas que se sentian 
caer de una manera ritmica. 

Una modorra creciente nos anunciaba el triunfo 
inmediato del sueno, y estabamos a punto de dor- 
mirnos, ouando resono la voz de Edwin, clara, lenta, 
solemne, y que decia en ingles: 

— *En nombre de Dios, dejame en paz.-> 

— «En nombre de Dios te lo be jurado,» — dijo 
en el mismo idioma una voz de mujer, blanda, sua- 
ve, argentina; pero firme y expres:va de una volun- 
tad inflexible. 

Si solamente hubieramos oido la voz de Edwin, 
habriamos pensado que sofiaba, y le hubieramos 
despertado; pero aquella voz de mujer nos llevo 
a la situacion extrema de la sorpresa. Todos a un 
tiempo encendimos una cerilla y preguntamos: 

— «^Que es eso?» 

Phantomton, sentado en la cama, con las ma- 
nos cruzadas en el pecho y los ojos abiertos por el 
espanto, resplandecia de palidez. 

— «<<Esta usted sofiando? ,;se siente usted mal?» 
— le preguntamos. 

— «No, sefiores: no estoy sofiando. Me siento 
efectivamente mal; pero no se incomoden ustedes, 
porque, para mi, no hay remedio. Despues des- 
pues; hoy n6. Si ustedes mt permiten, llevare la 
c&ma a otro aposento, para no incomodarlos mas, 
porque yo debo dormit con luz.» 



- 26 - 

— «jNi pensarlo! la luz no sera una molestia.* 

— «Gracias.» 

Miguel se levanto, encendio una vela y la co- 
loco sobre la mesa. 

Durante un cuarto de hora, conversamos de 
nimiedades, hicimos comentarios sobre la tormen- 
ta, y propusimos diferentes medios para dormir, 
excluyendo, como era natural, los recursos medi- 
cos, cuando estos se manifiestan como pildoras 6 
bebidas. 

— «Yo cuento»— dijo uno — «y generalmente, al 
llegar a doscientos, me quedo dormido. Pero hoy 
he pasado de tres mil.» 

— «Yo rezo» — agrego otro — «y empiezo a ron- 
car a medio rosario.» 

— «Pues yo» — dijo el tercero — «he hallado un 
libro que es un balsamo. Jamas he ido mas alia 
de la primera pagina.» 

— «Feliz autor; y jcomo haces su elogioN 

— «E1 inconveniente que ofrece, es que me 
quedo con la vela encendida, porque su virulen- 
cia narcotica es de una energia tal, que me duer- 
mo sin transicion: seco, jzas! Bastante falta me ha 
hecho hoy; pero [que idea! Tu lo tienes en la bi- 
blioteca, Miguel; voy a traerlo.* 

— «Pues yo» — observ6 el cuarto — «me duermo 
cuando se me antoja, en cualquier momento, y 
donde quiero. Pero es necesario que la voluntad 
sea firme y que nada la distraiga.» 



- 27 - 

— «Yo duermo bien siempre,» — dijo Edwin — «pe- 
ro a condicion de no estar a oscuras. Sano, fuer- 
te y metodico, ducmo a la hora debida; pero, si 
la luz se apaga, horribles pesadillas me despiertan, 
y quedo mal por un tiempo variable.* 

Alfredo trajo de la biblioteca el libro indicado. 

jQue excelente soporifico! 

Alfredo habia exagerado. 

Antes de terminar la mitad de la primera pa- 
gina, dormiamos como lirones. 



III. 



LAS LUCES DE LA TORRE. 

Cuando despertamos al dia siguiente, era tarde 
ya; mas de las nueve 

Conocedor de las costumbres de su patron, Ni- 
colas no habia querido despertarle, ni tampoco a 
nosotros. Era lo mismo. El viento se habia calma- 
do; pero la iluvia seguia, alternando los chaparro- 
nes con la llovizna. Salir a cazar, con tal tiempo, 
parecia una locura, y optamos por permanecer en 
casa, dedicandonos a nuestras tareas de predi- 
leccion. 

El cielo cargado y oscuro tendia sobre los cam- 
pos su liigubre manto, y el espiritu, sobrecogido 
por la melancolia del ambiente, parecia inclinarse 
mas a la meditacion que a las emociones del pai- 
saje y del ejercicio. 

Repasamos las arnias, arreglamos el producto 
de la caceria de la vispera y nos dedicamos a pa- 
sear por los corredores, a coDversar, y a fumar. 
Cuando Ueg6 la hora del almuerzo, nos asemeja- 
bamos a un grupo de penitentes, palidos, graves, 
cariacontecidos. Por suerte, el animo se rehizo des- 
pues del primer plato, y, al terminar, prolongamos 
la sobremesa hasta las 2 de la tarde, cuando Miguel 



- 30 - 

ordeno que se encendiera la estufa, porque el frio, 
tolerable hasta ent6nces, se volvia crudo. 

Roberto, sentado cerca del fuego, dijo a Miguel: 

— «Me parece que anoche nos dejaste pendien- 
tes de una explication, y se me ocurre que no so- 
mos timidos ni supersticiosos en siificiente grado 
como para que guardemos silencio sobre lo que se 
relaciona con el anciano de la torre.» 

— c^Han oido ustedes alguna vez que yo sea 
sonambulo, 6 me han visto, en cualquier ocasion, 
levantarme y proceder como tal?» 

— «Nunca,» — dijimos. 

— «Si lo fuera, mi familia me lo habria comuni- 
cado, 6 se me hubiese sometido a un tratamiento, 
,>no les parece?» 

— «Seguro.»- 

— «Bien, pues; creo que no soy sonambulo, y 
que lo que voy a referirles corresponde a la pesa- 
dilla, al simple ensueno, a la alucinacion en todo 
caso, y de ningun modo al sonambulismo.x 

Estrechamos mas el circulo para oir mejor. 

— «Mas de una vez me ha sucedido recordar, 
al despertarme, que me habia Ievantado durante. la 
noche, e ido a la torre, Uevando en la mano una 
vela encendida, y que, al llegar al aposento donde 
ustedes vieron 6 creyeron ver un anciano, me sen- 
taba junto a la mesita que hay alii, y que, un mo- 
menta despues, aparecia ese anciano, retrato iden- 
tico de mi abuelo, 6 espectro del mismo, tomaba 



- 31 - 

asiento frente a mi, con aire grave, e iniciaba Iai- 
gas conversaciones, de las que jamas he podido 
conservar nada, con excepcion de algo relativo a 
unos papeles que me recomendaba examinar. La 
primera vez que esto me sucedio fue, mas 6 menos, 
— permitanme: digame, Phantomton: jen que epoca 
fue presentado usted en casa?» 

— «Casualmente hara un aiio el 25.* 
— «Yo estaba entonces aqui, y regrese a la ciu- 
dad a principios de Julio; de modo que debe haber 
sido alia por el 28 6 el 29 de Junio. Bueno, esto 
no importa; el hecho es que hara proximamente un 
ano. Desde entonces, el fenomeno se ha producido 
cinco veces, y he guardado hasta ahora el mayor 
secreto, pensando que no debia distraer la aten- 
ci^n de nadie con lo que consideraba un sueiio. 
Pero, en vista de lo que ustedes dos han ob- 
servado anoche, debo romper el silencio, sefia 
lando, cuando menos, la extraordinaria circums- 
tancia de coincidir la alucinacion de ustedes con 
la mia.» 

— «Y <;por que llamas a eso una alucinacion, 
Miguel?* — pregunto Alfredo. 

— €,;Por que? porque hace veinte afios que mi 
abuelo esta enterrado en la Recoleta.* 
— «Yo llamaria 4 eso una aparicion.» 
— <Puedes darle el nombre que quieras; puedes 
creer en aparecidos; lo que es yo, soy duro para 
aceptarlos. » 



32 



— «Dime una cosa, Miguel,* — pregunte — ««>has 
subido alguna vez a la torre, llevando luz?» 

— «Anoche, con Roberto y con Alfredo.» 

— «<Y antes?» 

— «Nuuca.» 

— «,;Has averiguado si alguna persona ha visto 
luz alii, estando tu en la estancia?* 

— «Ni se me ha ocurrido tal cosa » 

--«En tu lugar, yo lo averiguaria.* 

— «No hay inconveniente.* 

Miguel toco un timbre y aparecio el criado. 

— «Dime, Nicolis << has visto alguna vez, de 
noche, hallcindome yo en la estancia, luz en la 
torre?» 

— «Si, seiior; dos veccs. » 

— «£Como a que hora?» 

— «Despues de media noche.* 
— «^Y que has pensado?* 
— «Que era usted.» 

— «(>Y nada his oido?» 

— «Si, seiior; en esas dos ocasiones, otros habian 
visto lo mismo que yo, y, en tres mas, yo no lo ha- 
bia visto.* 

— «<;En tres mas? <;de modo que son cinco?» 

— «Si, senor.* 

— «,;Y que decian?* 

— «Los peones decian que el patron andaba por 
la torre, sin duda porqueno tenia sueno.* 

Nos miramos y callamos. 



- 33 - 

— «Puedes retirarte — ah! no, espera: es mejor 
que enciendas luces; esto se va poniendo oscuro.» 

— «Bastante oscuro, si,» — agrego Roberto. 

Cuando Nicolas se retiro, Miguel estaba pen- 
sativo. 

— «Pero entonces, si yo he estado en la torre, es 
porque soy son4mbulo.» 

— «Usted no es sonambulo,* — dijo Edwin— «por- 
que, si lo fuera, no recordaria lo que le ha pasado.» 

— «Pero es que yo no recuerdo.» 

— «Usted recuerda, aunque hay a olvidado las 
conversaciones; y no completamente, porque dice 
que el espectro le ha habiado de papeles que debe 
examinar. <;Lo ha hecho usted?» 

— «<»Que quiere usted que examine? esos papeles 
que hay en \a torre no se pueden examinar ni en 
un mes de tarea asidua Hay algunos que llevan 
fechas hasta del siglo pasado.» 

— «Pues yo creo que usted debe examinarlos, 
aunque para ello tenga que emplear un ano. No 
seria usted el primero que recibiera avisos de esta 
clase.» 

— «^De modo que usted me aconseja que me 
vuelva supersticioso?* 

— «<iPor que da usted a eso el nombre de su- 
perstition? <;Le parece mejor guardar la espina del 
sonambulismo? Yo creo en esas visiones y en esos 
avisos, y creo firmemente.* — dijo Edwin, golpean- 
dose la rodilla derecha con la palma de la mano. 



- 34 - 

— «<;Que te parece?» — me pregunto Miguel. 
— «Que el senor tiene razon.» 
— «<;Es posible? <;tu tambien?» 

— «,;Por que no? ^Nosoy de came y hueso como 
los demas? ^Piensas que no soy sensible a las im- 
presiones de lo inesperado, maxime cuando perte- 
nece al mundo de los misterios, y cuando ello to- 
ma formas espeluznantes como el gemido de ano- 
che y la aparicion del anciano en la torre? <iNo te 
ha corrido un frio a lo largo del espinazo cuando 
el sirviente dijo que habian visto cinco veces luz? 
,>No has estudiado Quimica, como cualquiera de nos- 
otros? ^No te acuerdas de lo que es un • fuego fa- 
tuo? ^No lo has visto 6 repetido veinte veces en 
el laboratorio? Y, sin embargo, cuando recorfiendo 
el campo, de noche, te has cruzado con uno, ^no 
has sentido carne de gallina? ^no se te han parado 
los pelos?» 

— «,iA donde vas con esa serie de preguntas que 
nada tienen que ver con el asunto de los avisos?* 

— «Voy a desviar un poco el tenia, porque no es 
propio de jovenes alegres como nosotros que sea- 
mos tan pertinaces en una conversacion que man- 
tiene nuestros nervios tendidos como las cuerdas de 
un violin.* 

— «No digas eso: antes, por el contrario, dime 
(jtienes algun motivo real que te autorice a creer en 
los avisos de las apariciones 6 de las pesadillas?» 

— «Si, y voy a referirles uno. Cierta noche, un 



- 35 - 

Comandante sofio que compraba un numero de lo- 
teria. Al desp^rtar por la mafiana, se acordo que 
era el 22 del mes; que ese dia era el cumpleafios de 
su novia, y que podia tentar la suerte. Llamo al 
asistente y le ordeno fuese a una agenda proxima y 
le comprara el primer numero entero que encontra- 
se. Cuando volvio, el Comandante quedo perple- 
jo: era el 4963, el mismo que el habia sofiado. — 
',;Por que has traido este numero?' — 'Porque fue el 
primero que me cayo a la mano, conio usted me orde- 
n6.' — 'Anda; si me saco la grande, no has de afligirte 
mucho.' — El asistente salio, y el Comandante expreso 
su alegria con movimientos infantiles: — '14963!' — re- 
petia sonriendo: — 'pero <;que es esto? 4 y 9, 13, y 6, 19, 
y 3, 22, y hoy cumple veintidos aiios fulanita! — esto 
parece imposible!' — Guardo el billete, se vistio y salio 
a lacalle. Sin querer, se fijo en el numero de su casa: 
796, suma 22. A la tarde fue a comer con su no- 
via, y, al mirar el numero de la puerta: 895, suma 
22. Antes de comer, le dieron 22 mates, y habia 
22 personas en la mesa, y, despues de los postres, 
. refirio a todos cuanto le habia pasado, y todos ce- 
ebraron la cantidad de coincidencias, y el, bajo so- 
ore, entreg6 a la novia el billete de loteria. El 
dia 22 del mes siguiente se caso.» 

— «Si, pero.... y el billete?* 

— cQue diablos! no tenia nada. La grande sa- 
li6 en el 18,544.* 

— «Suma 22,* — observd Edwin, suspirando, lo 
que ocasion6 mas risa que el cuento. 



- 36 - 

Miguel se mantuvo grave. En sus ojos leia la 
intencion de tratarme de impertinente, y yo tenia 
gana de decirlo a todos ellos, para provocar una ri- 
fla y abandonar asi una conversacion tan lugubre. 
Mas no pude conseguirlo. 

— «Tu cuento» — dijo — «sera tan gracioso como 
quieras; pero no tiene nada que ver con nuestro te- 
nia. La verdad es que los avisos no me preocupan 
mucho; pero esas luces en la torre, eso me parece 
mas serio.» 

— «Preocupate, Miguel;» — dijo Roberto — «mien- 
tras el mal tiempo nos mantiene aqui encerrados, te 
podremos ayudar a poner esos papeles en 6rden.» 

— «Ya lo estan; lo que tendria que hacer seria 
leerlos.» 

— «La verdad es que hay lectuta en ellos como 
para algunas semanas.* 

— «Diganme, ,>estan ustedes seguros de haber vis- 
to al viejo General?* 

— «^Por que lo dudas?» — pregunto Alfredo. 

— «<>Piensas que hay en nosotros algun interes 
en enganarte?» — dijo Roberto. 

— «jEs tan extraordinario todo esto! Pero, <;qu6 
papeles examioaba?* 

— « Tenia un mapa de Inglaterra y un piano,* 
— respondio Roberto. 

— «Y el piano ^de qu6?» 

— cNo sL ,;Lo vist« tu, Alfredo? 

— «Lo vi, pero no se lo que era; tenia tambien 
junto 4 si una carta escrita en papel azulado.* 



- 37 - 

Mientras Miguel conversaba con Alfredo y con 
Roberto, mire a Phantomton que estaba de lado, me 
puse de pie, y me dirigi hacia la mesa. 

— «Sefior Phantomton* — le dije — «<;quiere lis- 
ted permitirme un momento?* 

— «<;C6mo no?» — y se levanto. 

— «<>Tomaria usted a mal que trazara su silueta 
en un papel?» 

— «<iPor que motivo habria de tomarlo a mal?» 
— «Entonces tenga abien sentarse aqui.» 
Colocando junto a la pared una silladelado, Ed- 
win se sento, y despues de interceptar las luces, me- 
nos una, dibuje el peifil que se proyectaba en som- 
bra en la pared. Cuando hube terminado, le di las 
gracias, miro el contorno, y volvio a ocupar su asien- 
to junto a la chimenea. 

— «Miguel, hazme el servicio de venir unmomen- 
to. Sientate aqui; vas a ver una cosa que llamara 
tu atencion.» 

Sin decir una palabra, se sento y trace su perfil en 
otro papel. Cuando hube terminado, dije a los de- 
mas, que observaban la operacion: 

— «Ustedes han visto lo que acabo de hacer. En 
uno de estos papeles, he trazado el perfil de Miguel 
y en el otro el del seiior Phantomton. » 

— «Asi es, en efecto.» 

— «<;Cual de estos es Miguel y cual el senor?» 
— «Pero jhombre! que cosa tan particular!* — dijo 
Alfredo, que era el mas dibujante de todos, — «se 



- 38 - 

confunden, como si el uno fuera la proyeccion del 
otro.» 

— «Es curioso, eh? Dos individuos de distinta raza, 
de diferente familia, nacidos en paises y climas tan 
diversos, y que tengan un perfil tan identico!» 

Alfredo superpuso las dos hojas de papel. e hizo 
coincidir las siluetas al trasluz. 

Identicas. 

— «Y sin embargo, no es posible confundirlos.» 

— «Bueno fuera: el uno es rubio, el otro tiene 
pelo negro; el uno es bianco rosado, el otro cast 
trigueno; el primero tiene ojos azules, el segundo 
pardos.» 

— «Las mismas gotas de agua son diferentes* — 
observo Roberto. 

Miguel quedo mas pensativo que antes. Ni si- 
quiera se movio cuando Nicolas entro a tender la 
mesa, y guardo un silencio ofensivo. 

Al traer la sopera y colocarla en su sitio, Nicolas 
se acerco a el y le dijo: 

— «Senor, la comida esta en la mesa.» 

— «Ah!» 

Se puso de pie y ocupo su asiento. Al desdo- 
blar la servilleta, se sonrio, y mirandonos con mali- 
cia, dijo: 

— «jYo supersticioso! Hoy brindaremosa la sa- 
lud del viejo General. jPero, honibre! jque casua- 
lidad! Mi abuelo hubiera cumplido afios hoy, como 
la novia de tu Comandante.* 



— 39 — 

— «jA la salud de. la novia!» 

— «|A la del General!> 

— «jA la del ComandanteU 

— «jA la del 18.544!* 

— *jVaya, hombre! al cabo parecen gente; a la sa- 
lud de ustedes.* 

— «Gracias.» 

Por necesidad, 6 por cortesia, no hubo caras lu- 
gubres durante la comida. Cada uno ofrecio su 
contingente de chiste, y hubo anecdotas y cuentos 
azules mirados al traves de un cristal amarillo. 

Pero volvio la sobremesa, y en su compafiia las 
alusiones a los temas graves. Hubiera sido pre- 
ferible dedioarse a la musica, al ajedrez, y aun al 
truco, juego que, por parecerse tanto a la politica de 
nuestra tierra, podria habernos sugerido el deseo de 
ocuparnos do ella; precisamente para que los ani- 
mos se apasionaran y no se tocasen las escabrosi- 
dades de la supersticion 6 sus analogas 

Roberto arrojo una vez mas entre nosotros la tea 
incendiaria, mirando a Edwin, ya pensativo, y a 
quienlanzo a boca de jairo las siguientes palabras: 

— «Tengo, senor Phantomton, un gusto marcado 
por los temas horripilantes y me interesan tanto mas 
cuanto mayor es el sufrimiento que me causan.* 

— « Senor, yo no soy medico; pero se me ocu- 
rre que esos temas, a la larga, deben causar mucho 
dano al sistema nervioso, si no es que ya esta dana- 
do cuando tal gusto se desarrolla,* 



- 40 - 

Roberto no quedo complacido con esta obser- 
vation. Pensaba que la integridad funcional de 
sus nervios era algo perfecto, y creyo que aquello 
envolvia una insinuation maliciosa. Pero Edwin 
era tan correcto, tan cortes, que se sintio desarma- 
do. A pesar de todo, le parecio que debia defen- 
derse. 

— «Yono he hablado,* — dijo — «del horripilante 
vulgar, que espanta sin espiritualidad; sino de aquel 
que revela las gracias de la fantasia y la subyuga en 
los lectores, 6 en los oyentes, como en la noche la 
sombra de un bosque cargado de perfumes y de ru- 
mores.». 

— «jAh! usted habla del paver de lo sublime.* 
— «Probablemente si.» 

— «Oh, senor; usted seguramente ha buscado 
esas emociones en los libros, y no en la realidad.* 

— «Es cierto: pero, para mi, el gemido deanoche 
es de esa categoria, y mayor su interes por lo mis- 
mo que es tan misterioso.» 

— « Usted no encontrara jamas, en los libros, na- 
rraciones tan pavorosas como las emociones de cier- 
tas pesadillas, y puedo asegurarle que, en muchos 
casos, la realidad se sobrepone a lodo.» 

— « Habla usted de una manera tan categorica, 
que cualquiera creeria que ha sido victima de algo 
real que se sobrepone a todo.» 

Edwin miro a Roberto de un modo extraf.o. 

Este continu6: 



- 41 — 

— «Las voces que hemos oido anoche, la expre- 
sion de usted cuando pudimos verle, y lo que lis- 
ted nos dijo, son signos que revelan algo rauy gra 
ve.» 

— «Oh! si, muy grave!* 

— «<;Quiere usted hacernos depositaries de su 
secreto, si le inspiramos bastante confianza?* 

— «Toda la confianza que usted se puede ima- 
ginar; pero abrigo la conviccion de que, el referir 
las realidades que me afectan, podria autorizar a 
cualquiera a pensar que no procedo con toda urba- 
nidad.» 

— «Si a usted no le es agradablereferirnoslas,* — 
le dijimos — «cualquier insistencia de parte nuestra 
seria una descortesia; pero, si lo que usted teme es 
afectarnos, 6 sacudir nuestros nervios, abandone 
semejante preocupacion.* 

— «Si, debo hablar; debo hablar al fin, porque 
mi secreto me consume y aniquila. Ustedes han si - 
do tan bondadosos conmigo, que lamentaria afligir- 
los; pero, por otra parte, no crean ustedes que esta- 
ra mi narracion privada de egoismo ni de graves 
consecuencias.» 

Ante aquellas declaraciones se duplic6 nuestra 
curiosidad. 



IV. 

NELLY. 

— «Senores» — dijo Edwin con aire resuelto — «yo 
.amo la vida, y tanto mas cada vez, cuanto mayoress 
son mis sufrimientos. Con el mismo apego a ella, 
otros ya habrian acabado con la suya. 

«No conoci a mi padre, y, siendo muy nino, per- 
di a mi madre. Me educaron con severidad, y, cuan- 
do hube terminado mis estudios, viaje por Europa y 
me detuve con predileccion en Alemania, donde 
practique el idioma, que llegue a dominar, lo que 
me permitio adquirir un conocimiento relativamen- 
te profundo de su literatura extraordinaria. Goethe, 
Schiller, Hoffmann y Heine reinaron en mi espiri- 
tu, y la imaginacion serena del estudiante ingles pe- 
netro en los mundos encantados de la fantasia ger- 
manica. 

«Volvi a Inglaterra. 

«Me llamaba un afecto juvenil que no habian 
hecho palidecer los estudios ni los viajes. A mi 
vuelta, Nelly me esperaba con los brazos abiertos, 
y en sus grandes ojos lei su amor. Acababa de cum- 
plir ella diez y ocho afios, y pronto se form6 entre 
nosolros el nudo de un compromiso formal. Yo ha- 
bia saludado ya mis veintitres, y mi posicion era 



— 44 — 

desahogada. Pense casarme. Pero una circumstan- 
cia imprevista me obligo a suspender momentanea- 
mente tales proyectos. Yo tenia un protector des 
conocido, una persona que no he visto jamas, y cu- 
yos consejos, seguidos por inclinacion y sin violen- 
cia, me llevaron siempre como de la rnano hasta 
obtener el exito en todas mis empresas. 

cPor indicacion suya entre en la carrera diplo- 
matica, cuyo acceso me fue facilitado ccn buenas 
recomendaciones. Quince dias despues del ingreso, 
debi partir con un Ministro a Constantinopla en ca- 
lidad de agregado. Nelly lloro mucho, y entonces 
tuve oportunidad de conocer que su sensibilidad 
era extrema. Su indole telepatica causaba asombro, 
y muchos medicos distinguidos se empenaron en 
que la familia les permitiera examinarla y someterla 
a prueba. 

«Por mi parte, no atribuia grande importancia a 
esa clase especial de sensibilidad, y me bastaba que 
supiera comprendenne y expresarme su afecto con 
una dulzura y una profundidad que mas contribuian 
a idealizar mi pasion que a vincularla con las reali- 
dades de la vida. 

«Paseando un dia con elta, nos sentamcs junto 
a una roca en la playa marina. — 'Tengo miedo del 
mar, Edwin' — me dijo con aire triste. — '([Miedo del 
mar? y ,ipor que tienes miedo?' — No se; en el mar 
hay abismos profundos, y, al pasar por ellos, el co- 
razon se endurece.' — 'jOh, Nelly mia, el corazon de 



- 45 -- 

tu Edwin no cambiara jamas, porque ha de guar- 
dar, como un tesoro celeste, la imagen de su adora- 
da.' — 'Tu hablas del porvenir como si lo hubieras 
encadenado a tu destino. <;No me olvidaras nun- 
ca?' — 'Nunca.' — '<iEn ningun momento?' 'Jamas, y 
mi fidelidad sera un modelo; en nombre de Dios, te 
lo juro.' — 'En nombre de Dios, yo te lo juro tam- 
bien.' 

«Nos pusimos de pie, y tomandola de la mano, 
la acaricie, y continuamos nuestro paseo. En su ros- 
tro se borro toda huella de angustia, y solo vi, des- 
de entonces, quese exteriorizaba en 61 una tranqui- 
lidad da espiritu digna de baiiar la cara de los an- 
geles pintados por Rafael. 

«Llego el momento de la partida, y entonces 
comprendi lo dolorosa que seria para Nelly nues- 
tra separacion, a juzgar por mi. 

«Pense que seria mejor realizar nuestro enlace, y 
viajar juntos. Hable con el Ministro, y me aconse- 
j6 que desechara semejante idea. — 'Nuestra mision 
no es larga;' — me dijo — 'pero debemos conservar 
toda nuestra libertad de accion, y una mujer, en 
compania nuestra, y en particular una nina tan de- 
licada como la senorita Nelly, seria un inconve- 
niente grave.' — No insisti. — 'No insistas Edwin,' — 
me dijo el padre de mi novia; — 'el Ministro no te ha 
comunicado cual es la mision que lleva, porque es 
secreta; pero seguramente ella esta vinculada con 
asuntos del Egipto.' 



- 46 - 

« Parti. Y jcosa extrana! yo tambien tuve miedo 
del mar, lo que es indigno de un hombre, y espe- 
cialmente de un ingles. Aquellos abismos me perse- 
guian. Sonaba, a veces, que un monstruo verde 
surgia de su seno salado; que de sus ojos glaucos 
se desprendia un reflejo frio de perlas, y que, al 
tocarme el corazon, lo transformaba en penasco y lo 
mordia En el rumor de las olas oialos lamentos de 
Nelly, y, a veces, me despertaba con los ojos hume- 
dos de lagiimas. 

«Poco a poco, la alegria renacio en mi corazon; 
pero habria preferido viajar por el Continente, y no 
ir a Constantinopla penetrando en el Mediterraneo 
por el Sstrecho. 

«Nuestra permanencia en Constantinopla fue bre- 
ve. Cierta manana, al saludar al Ministro, me dijo: 
— 'Hoy nos embarcamos; iremos a Alejandria*. — 
Desde entonces, estuve al corriente de los sucesos, 
que poco pueden interesar a ustedes por ahora. La 
idea del viaje a Egipto me lleno de ilusion, y, en 
vez de sonar con abismos y monstruos, ya no pense 
sino en viajar. Antes de penetrar en los Dardane- 
los, habia mirado con indifetencia las costasy el 
cielo de Grecia, y aquellos campos del Asia Menor 
que en un tiempo fueron testigos de las hazanas de 
Ulises y de Aquiles. jlba a Egipto! jQue cambio! 
La Iliada tuvo para mi un sentido mas sublime que 
antes, y, cuando nos detuvimos en Atenas, pense 
que renacian todas las glorias de sus hombres y to 



- 47 - 

do el esplendor de sus dioses. Se hubiera dicho 
que las montafias que veiamos a la distancia, y que 
nombrabamos, estaban envueltas en aureolas olim- 
picas, y entonces comprendi como Byron habia 
podido ser subyugado por sus sentimientos poe- 
ticos hasta sacrificar la vida en holocausto de la 
Grecia. 

«Llegamos a Egipto, y desembarcamos en Ale- 
jandria. 

«Todos mis estudios sobre aquel pais misterioso, 
todo lo que de el habia oido 6 leido surgio en la 
memoria como si lo evocara el encanto. 

«Ustedes se encuentran en condiciones de apre- 
ciar mi situacion, y podran imaginarse que nadie 
hubiera dicho sino que viajaba por vez primera. Sa- 
ben tambien todo lo que un j6ven estudioso y en- 
tusiasmado puede hallar en Egipto, ya sea por las 
realidades que se conservan, ya por sus recuerdos. 
Me bane, me sature de aquel aire pesado y ardiente, 
como una golondrina en el efluvio primaveral; y a me- 
dida que la inteligencia se encantaba con el suelo, las 
ruinas, los itinerarios de Cambises, de Alejandro, de 
Sesostris, con los Ibis ; los jeroglificos, el Nilo y Moi- 
ses, las piramides y el cielo pure. ..la imagen de Ne- 
lly se diluia en las transparencias de los suenos egip- 
cios. En aquel clima, en aquel medio, mi naturaleza 
juvenil me Ham6 al desorden, y senti, con todo el 
vigor de un asiatico, que la sangre me bullia, y que 
un capricho extraordinario, incomprensible, se apo- 



- 48 - 

deraba de mi razon. Vi una Almea, y me trastorne. 
Ustedes han vivido, y saben lo que es un capricho. 
Conquista facil, solo conservo, en mi espiritu, el de- 
jo amargo de haberme vuelto loco. Aquella noche 
oi un gemido profundo y doloroso, el alma toda de 
Nelly, que llegaba hasta mi, en la brisa africana, 
como un reproche, y penetraba en mi conciencia, 
mordiendome el corazon perjuro.* 

Edwin guardo silencio por algunos.instantes. 

Apoyando los codos en las rodillas, se apreto las 
sienes con ambas manos, cual si estuviesen a punto 
de estallar por la tension extrema de sus recuerdos 
de dolor. Se puso de pie, y hallo tanta sorpresa en 
los ojos atentos, y un mundo tal de emociones con- 
tenidas por nuestros labios silenciosos, que se alejo 
de la chimenea y empezo a pasearse por el come- 
dor sin decir una palabra. 

^Quien de nosotros se hubiera atrevido a dirigir- 
le una sola observacion? 

— «Senores» — dijo de pronto — «ustedes me per- 
mitiran que tome un vaso de cerveza.* 

Mudos, como habiamos permanecido hasta aquel 
momento, nos levantamos tambien, e hicimos saltar 
algunos tapones, para ocupar luego las silla^ en que 
habiamos estado anteriormente sentados. 

Edwin continuo: 

— «Desde entonces, el Egipto ya no tuvo encan- 
tos para mi. En los sarcofagos y las arenas, los pa- 
piros y las cigUefias, en las momias, las palmeias y 



- 49 - 

los crepusculos, ya no vi otra imagen que la de 
Nelly, dolorida y moribunda. 

«P6co tiempo despues recibimos corresponden- 
cia. En la mia reconoci, en un sobre, la letra de 
mi novia. — 'He sufrido mucho, Edwin. Mi vida ha 
estado en peligro, solo de pensar que, en tal dia, 
a tal hora, te ha ocurrido una desgracia. Vuelve' — 
agregaba — 'porque he tenido un ataque tan violento 
al corazon, que, si se repite, me morire lejos de ti. 
Escribeme con mas'frecuencia, y dime que eres fe- 
liz'. — Si; Nelly habia estado a punto demorir de do- 
lor, porque sabia que yo lo estaba de morir de arre- 
pentimiento. — 'Querida mia' — le conteste — 'soy fe- 
liz, porque pienso en ti. Si mis cartas no son mas 
frecuentes, ello es debido a los transportes. No te 
aflijas; pronto nos volveremos a ver.' — En otras car- 
tas, de su padre y del medico que la habia asistido, 
me referian cuanto podia interesarme. — 'Lo mas par- 
ticular' — decia el medico — 'fue un gemido tan extra- 
iio que nos parecio de agonia. En el corazon no hay 
nada, y el funcionamiento de sus nervios es tan de- 
licado corao toda ella. Debemos pensar que la au- 
sencia de usted es la causa del mal; pero, fuera de 
este ataque, goza de una salud tan perfecta, hay tan- 
ta serenidad en su espiritu, su expresion de alegria 
juvenil es tan franca y normal; habia de usted con 
tal carino y confianza, que hemos convenido en co- 
municarselo para que no abrigue temor alguno.' 

« Ent6nces pense volver a mi pais y pedir perdon 
a Nelly. 5 



- 50 - 

«Era mejor, empero, que, entre nosotros, hubie- 
ra un secreto. 

«Pocos dias despues, el Ministro recibio orden de 
trasladarse a la India. 

<£n esta ocasion, tambien, renacio mi entusias- 
mo por los viajes, y, con tal vigor, que Nelly paso 
a ocupar un lugar secundario en mis visiones. Justi- 
fique a Simbad el Marino, y adquiri algunos libros 
que me permitieran profundizar un poco los cono- 
cimientos relativos al pais maravilloso que iba a vi- 
sitar. 

«Recorrimos el Canal de Suez, y quede encan- 
tado al ver las aguas del Mar Rojo. En la bruma de 
la distancia, se perfilaba la cumbre del Sinai, y su 
imagen desperto en nuestras almas un sentimiento 
de religioso respeto. No se, sefiores, si ustedes han 
viajado, ni que han visto; pero es tan caprichosa la 
imaginacion, que se extasia menos en presencia de 
un cuadro encantador de la Naturaleza, que en la de 
una comarca con miles de afios de historia; y asi la 
Arabia, con su aridez y reflejos rosados, me domi- 
naba mas por ser la tierra del Exodo, la tierra de 
Israel, la tierra de Mahoma, que los bosques delicio- 
sos del Brasil, de Misiones y del Chaco. 

«Penetramos en el Oceano Indico, y, en las 
interminables horas de languidez tropical, la fanta • 
sia volaba hacia el mundo de los fakires y ydguis, 
a la selva con su& rugidos y sombras, a los templos 
de oro y de marfil, a los santuarios de los brae- 



- 51 - 

manes, y 4 las delicias misteriosas en que la inte- 
ligencia del Hombre, bafiada por los primeros res- 
plandores de la Poesia, engendraba las auroras 
frescas y puras de los Vedas y del Ramayana. jOh, 
sefiores! disculpenme ustedes semejante lenguaje; 
estos recuerdos son los unicos balsamos de mi vida 
inconsolable Cuando se tiene el orgullo de ser 
hombre; cuando se puede sentir la belleza de todas 
las literaturas; cuando se ha recorrido el mundo y 
contemplado todos sus cuadros del presente y to- 
das las escenas del pasado, la India subyuga. La 
Ciencia no ha hecho de ella la cuna de la vida, 
porque la vida es universal; pero la razon, el sen- 
timiento y la historia, hacen de ella el protoplasma 
fecundo y ardiente donde se engendra el pensa- 
miento humano. jPobre Nelly! jQue criatura tan 
infinitamente pequena, dulce y delicada me parecia 
al proyectar su imagen querida en el Himalaya 6 
en Buda! La Grecia, con todas sus sonrisas, sus 
poeraas, sus vicios, sus virtudes, sus heroes y sus 
dioses, me hacia la impresion de una jovenzuela co- 
ronada de flores del campo que sonrie de lejos a la 
madre colosal. envuelta por las nubes del humo sur- 
gido de altares que perfuman la sangre de la civili • 
zacion con canela, con sandalo, con pimienta y beti- 
vcr, para darle, con el calor, la inmortalidad fecunda. 
jPobre Nelly! La India me aturdi6, y acosado por 
el ardor de su cielo y las brasas de sus perfumes, fui 
llevado insensiblemente a la presencia de la Baya- 



- 52 - 

dera. Ciego y loco, cai en sus redes de muselina y 
tul de seda. En aquella noche de horror y misterio, 
entre los rugidos de la selva y los cantos de los brac- 
manes, mis oidos aterrados oyeron una vez mas 
aquel gemido profundo y doloroso. jNelly se njoria! — 
'jMaldita existencia!' — exclame en un arrebato de 
desesperacion sin limites. Desde entonces, la India 
fu6 un veneno para mi. Lasitudes continuas, me- 
lancolias profundas, dolores difusos e ilocables, de 
primieron mi organismo tan fuerte y tan sano. Mal- 
dije a Valmiky y asu Sakiintala, que me parecioun 
engendro monstruoso; y la grandeza del Himalaya, 
y la majestad de las selvas, se confundieron en un 
caos abominable. Todo aquel mundo maravilloso 
rodo en un abismo negro de vergtienza y arrepen- 
timiento, en el que las Bayaderas se arrastraban por 
el lodo, enroscandome lascivas como serpientes pon- 
zonosas y mordiendome el corazon y la conciencia 
como el monstruo verde del Mediterraneo. Pero esta 
vez surgio en mi alma, como una luz del cielo, la 
voluntad de diamante, y, con ella, la imagen de 
Nelly, puray radiosa, y mas angelical que aquel I as 
serpientes del R a may an a. » 

Edwin guardo silencio una vez mas. 

Todo su cuerpo se extremeci6 con la rapidez de 
un sollozo, y volviendo a ponerse de pie, movi6 los 
brazos con energia, como recordando actitudes de 
gimnasta, y como si con tales raovimientos hubiera 
querido conjurar algun torrenle oculto de lagrimas 
enclaustradas en su corazon. 



53 



Tom6 un cigarrillo, lo encendio, y anduvo pa- 
seandose por el comedor mientras lo fumaba. 

Nosotros, inm6viles y callados, permaneciamos 
en nuestros asientos. 

Cuando Edwin acab6 de fumar, bebio un trago 
de cerveza, y, colocando su copa sobre el marco 
de la chimenea, continuo asi: 

— «Pocos dias despues, regresabamos a Ingla- 
terra. £1 Ministro, que me habia ccbrado afecto, 
me pregunto varias veces lo que me pasaba. — 'El 
clima de la India no me sienta, — le contestaba in- 
variablemente. — 'Pues a mi me parece' — decia el 
Ministro — 'que usted haria bien en quedarse unos 
quince dias 6 un mes en Espaiia antes de entrar en 
Inglaterra'. — '^Por que, mylord?' — 'Porque sus ojos 
han adquirido una expresion tan rara, aue su no- 
via no va acreer, cuando le vea, que es su exce- 
lente amigo Edwin'. — 'Oh! eso pasara'. — 'Asi lo 
deseo'. 

«A1 fin volvi a encontrarme en mi pais. 

«Loco de afliccion, mi primer cuidado iue el 
de ir a ver a Nelly. — 'jEdwin!' — exclamo al ver- 
me, y corriendo hacia mi: — 'jcu&nto has tardado! 
(jSabes? tuve otro ataque cuando estabas en la In- 
dia, y los medicos me dejaron casi por muerta. jOh, 
Edwin, si supieras cuanto he sufrido! Ya nunca mas, 
nunca jamas te separaras de mi ,>no es cierto?' — 
'Nunca mas, sin6 en la hora de la muerte!' — '|0h 
n61 ni asi! Como yo he de morir antes que tu, mi 



— 54 - 

alma volara siempre a tu lado,' — 'jOh, mi Nelly 
querida, no me aflijas mas con tales afirmaciones!' 

«Los medicos me repitieron lo mismo que uno 
de ellos me habia declarado en la carta que re- 
cibi eh Egipto, asegurandome que otra r carta seme- 
jante iba en viaje a la India. No sabian de lo que 
se trataba. Para unos, era exceso de sensibilidad; 
para otros, una afeccion nerviosa de origen moral; 
y, dos de ellos, me espantaron con la expresion: 
histerismo telepdtico. — ',;Es mortal eso?' — pre- 
gunte. — 'A la larga, y con persistencia de causa, 
si.' — 'Yo espero que jamas se volvera a repetir la 
causa.' — 'Si usted vuelve a separarse de ella, se mo- 
rira.' — 'No volver& a separarme'. 

«Nelly estaba bien. Habia renacido su alegria. 
Sus ojos, tan dulces y llenos de ternura, irradiaban 
la felicidad en desbordamientos de relampagos azu- 
les, y de sus labios de granada brotaba la caricia 
en una Primavera de amores. 

«Como los medicos no se oponian, y hasta lo 
aconsejaron, celebrose la boda con las ceremonias 
habituales, y un buen dia, acompanados por mi 
suegro, atravesamos el Canal y tomamos posesion 
del Continente, por algunos meses, enarbolando la 
bandera de la felicidad. 

<Pero, senores; yo he estado hablando solo, y 
ustedes ni siquiera me ban interrumpido con una 
exclamacioo. A esta hora, ya deben estar aburri- 
dos» — dijo Edwin. 



55 



— «iImposible! imposible! Si-usted no desea con- 
tinuar por cansancio, tendremos paciencia; pero si 
es por nosotros, ni se le ocurra.* 

— «Ustedes tienen una ventaja social que, para 
mi, es una virtud, y que casi no se practica aqui 
cuando hay mas de dos personas reunidas, y aun 
asi: saben conversar; pero, sobre todo, saben escu- 
char. {No les parece que seria bueno tomar otra 
copa de cerveza?* 

— «Amen». 



V. 



APARICION. 

Edwin continuo: 

— «Un ano despues, Nelly era madre de una her- 
mosa nifia. 

«Mas 6 menos, todos sabemos cuantos caiinos y 
atenciones recibe un hijo, y me permitiran ustedes 
que no me distraiga de mi fin principal, record! n- 
doles lo que hicimos con nuestra primogenita. 

«A medida que se desarrollaba, su tipo iba acen- 
tuandose, y llamando, por los caracteres de su ros- 
tro, la atencion de todos los que la veian. No era 
rubia y de ojos azules como los padres; antes bien 
era algo triguena, de pelo negro, ojos cortados obli- 
cuamente en almendra, y la carita larga y ova- 
lada. 

cAunque muy linda, y con expresiones del ros- 
tro materno, se hubtera dicho que habia resucitado, 
escapandose de un sarc6fago, tan egipcia nos pa- 
recia. 

«Cuando ya tenia catorce meses, y que su boca 
se adornaba con la expresion de los dientes, se en- 
fermo de gravedad. El medico de la casa le prest6 
sus cuidados mas asiduos, pero el mal era profun- 
do, incurable. Llego un momento en que sentimos 



- 58 - 

convulsionarse todo nuestro organismo. Cuando su 
vida se extinguia en brazos del doctor, Nelly se 
arrojo en !qs mios, y dejando desbordat su inmenso 
dolor en lagrimas y gritos desgarradores, mi propia 
pena se centuplico al oirla exclamar: — 'Edwin! Ed 
win! se va mi Almea!' 

«Ustedes son demasiado perspicaces para que 
sea necesario pintarles la sorpresa y hasta el espanto 
que aquellas palabras me causaron. 

«Ocho meses despues, Nelly tuvo otra nifia. 

«Su col5r era como el de su hermanita; pero los 
ojos mas languidos y rectos; la boca mejor perfilada, 
y el cuerpo mas gracioso. 

«Mayores cuidados; mayores mimos. 

«A la edad de la otra, y en las mismas condicio- 
nes, murio. 

« — 'Edwin! Edwin! me abandona tambien mi 
Bayadera!' — exclamo Nelly convulsa en mis brazos. 

«Yo no podia creer que nuestra desgiacia vi- 
niera en castigo de mis culpas, porque habria sido 
o fender a la Divinidad el sospechar, aun con el es- 
piritu mas piadoso, que la pena mayor fuese para 
Nelly. Desde ent6nces la alegria huy6 de mi hogar. 
Nunca volvi a ver la sonrisa en los labios de mi cora- 
panera. 

. La Heve a Escocia, a Francia, a Suiza, a Italia. 

«Todo fue inutil. 

«Se distrajo un poco, mas por la inteligencia que 
por el sentimiento, y si bien las expresiones de su 
dolor se calmaron, el fondo era siempre el mismo. 



- 59 - 

«Con el tiempo, volvio a recuperarlas fuerzas; el 
color de sus mejillas se transparent^ como en una 
porcelana, y fii solo hubiera asomado en sus labios una 
sonrisa artificiosa, ficticia, se habria podido recono- 
cer a aquella Nelly de antes, tan graciosa y tan jovial. 

«Dos afios despues, tuvo otro hijo; mas esta vez 
un varon. Los cuidados que la madre le prodigaba 
eran perfectos; pero les faltaba un no s6 que de es- 
pontaneidad y gracia, como si hubiera sido por cum- 
plir dignamente su deber, y nada mas. Era un pre- 
cioso niiio. Disculpeme, Miguel, la interrupcion y el 
recuerdo; pero el dia que su hermana Serafina ten- 
ga un hijo, se parecera al mio. 

«De un ano, hablaba ya, tenia todos los dientes 
y caminaba. Las senoras de nuestra amistad de- 
cian que era un prodigio. Para Nelly, tal cosa no 
tenia importancia. 

«Un hecho inesperado me obligo a emprender 
un viaje de quince dias. Mi mujer recibio la noticia 
sin asombrarse, y se despidio de mi con la natura- 
lidad e indiferencia que hubiera mostrado si le hu- 
biesc dicho: 'Voy al club, hasta luego... ' 

«Cuando volvi, Nelly estaba enferma. — '<;Que 
tienes, querida mia?' — le pregunte al entrar en su 
aposento. 

«Mi pregunta recibi6 la misma respuesta que me 
habria dado una de las cortinas de la cama. Me 
acerque a ella. Una fiebre ardiente la devoraba. — 
'[Edwin! Edwin! no me abandones: mis hijas me 11a- 



- 60 - 

man.' — 'Estas delirando, Nelly <;por que te afliges?' — 
'Acercate a mi, Edwin; no te me separes....espera un 

momento solo un momento.... acercate mas.... 

asi.... ,;oyes?.... la muerte ha penetrado en mi, y esta 
impaciente.... escucha.... yo te lo jure.... mi alma 

volara siempre a tu lado Edwin! mi secretova 

conmigo al sepulcro....tengo para ti un secreto....en 
Egipto has visto rauchos sarcofagos.... Cuando en 
una noche negra y lugubre como mi vida te acues- 
tes junto al mio.... te lo dire" al oido.' 

« — 'iQue es esto, Doctor?' — pregunte, lleno de 
angustia, al medico que entraba en aquel instante. 

« — 'Esto, senor, es una nueva desgracia.' 

«Con un gesto, arranco de mi corazon toda es- 
peranza. 

«A1 acercarse a Nelly, estaba ella sin pulso. 

«Nelly habia muerto. 

«Despues de un momento de estupor, pedi al 
medico me expjicara lo que habia ocurrido. 

« — 'En los anos de practica que llevo' — dijo 
— 'jamas me he encontrado en una situacion seme- 
jante. Estoy perplejo, indeciso; no se lo que debo 
hacer. Se me llamo a mediodia; me dijeron que la 
seiiora se habia enfermado ayer; he recetado, y tres 
horas despues.... la encueotro muerta! Pero esto no 
es todo. Su hijo de usted ha desaparecido!' 

«— 'Mi hijo!' 

«Esto fue un rugido. 

cBusque a mi suegro. No estaba. jOhl pero yo 



- 61 - 

sabia donde podria encontrarle. Cuando volvi6, su 
rostro, habitualmente sereno, tenia impresas las se- 
nates de la desesperacion. Me arroje en sus brazos 
y lo comprendi6 todo. Inclinandose luego sobre su 
hija, le levanto la cabeza, la beso en la frente y 
abrazandola en una expresion de dolor: 

« — 'Pobre Nelly.... hija de mi alma!' — exclamo. — 
'Edwin, nuestra situacion es horrible. Acabo de es- 
tar con el Jefe de Policia de Londres. En este mo- 
mento funcionan todos los telegrafos, y si tu hijo 
esta vivo, lo encontrara el poder de Inglaterra que 
lo busca.'» 

Edwin no pudo contenerse. Un sollozo convul- 
sivo le arranco gruesas lagrimas que corrieron abun- 
dantes por sus mejillas y que solo parecian interrum- 
pir los rumores de la noche y los estallidos de la lena. 

A los pocos minutos continuo. 

— «Si al penetrar en mi casa hubiera encontrado 
juntos el cadaver de mi mujer y el de mi hijo, el 
dolor y la sorpresa habrian podido fulminarme con 
la muerte 6 con la locura; quiza en presencia de 
una catastrofe semejante habria podido resignarme, 
despues de pagar el tributo de la afliccion y de 
las lagrimas; pero tecibir tales infortunios en do- 
sis desiguales, mezclarse la negra realidad con el 
misterio de la desaparicion de mi hijo y el secreto 
de Nelly, |oh! seiiores! esto era superior a lo queyo 
podia resistir. 

cCuando tuvc conciencia de que mis actos no 



- 62 - 

eran los de un loco, y que reaparecio la reflexion 
serena, me encontre ante una multitud de enigmas, 
que se sintetizaban todos en este: — '<jQue hago aho- 
ra?' Con mi suegro.... era inutil hablar. Su afliccion 
y la mia eran hermanas. Se lo pasaba encerrado en 
su gabinete, y ni siquiera iba al comedor a las 
horas de costumbre. Al fin resolvi acercarme a el, 
— 'iQue hago ahora?' — le pregunt6. — 'Creo, hijo mio, 
que, no habiendote vuelto loco, debes continuar 
procediendo como cuerdo;' — dijo — 'es necesario que 
vayas a. visitar al Jefe de Policia y el te dira la 
conducta que debes observar.' 

Sin decir una palabra mas, me retire para cum- 
plir su indicacion. 

«E1 Jefe me recibio como recibe un caballero. 
En sus expresiones de condolencia fue parco, pero 
profundo. — 'Senor', — me dijo, cuando le dirigi la 
pregunta — 'usted se encuentra en una situacion 
extraordinaria. Como pienso que usted viene a pe- 
dirme consejo, se lo voy a dar: ,jCree usted que sus 
investigaciones personales, sin experiencia en la 
pesquisa, sin la serenidad del deber, porque aun 
le ahoga su multiple dolor, pod r in tener mas exi- 
to que todo el poder de la Gran Bretana para 
encontrar a su hijo?' — 'No senor, jamas]' — le con- 
tests. — '(jEsta usted dispuesto a seguir al pie de la 
letra mis indicaciones?' — 'Si, setior'. — 'Bien, enton- 
ces, vayase usted inmediatamente de Inglaterra 
y viaje. Vinculado al cuerpo diplomatico como esta, 



- 63 - 

le ser4 m4s f4cil que 4 cualquier otro el cambiar de 
pais y de domicilio, haciendomelo saber inmediata- 
mente. Usted ya sabe para qu6. No se olvide de 
esto, pero olvidese de su hijo, y piense que ha 
muerto; pero pienselo con energia y con toda su 
voluntad, porque, si su accion individual, inexperta y 
afligida, se entrecruza con la de nuestros agentes, 
puede ocasionar quiza disturbios insuperables y 
procUicir un fracaso, alii donde tal vez nos encon- 
traramos en el camino del exito'. — 'Senor' — le ob- 
serve— '(iquiere usted concederme veinticuatro horas 
de meditacion?' — 'Si, senor.' — 'Gracias; no las he 
pedido sino para comunicarle en cuantos dias po- 
dre dar cumplimiento a su consejo; porque he 
venido resuelto a aceptarlo, cualquiera que el 
fuese'. — 'Oh! si es asi, puede usted disponer del 
tiempo que quiera, con tal que cumpla mis indica- 
ciones'. 

« Salude y me retire. Iumediatamente despues de 
llegar a casa, penetre en el gabinete de mi suegro, 
4 quien referi lo que acababa de suceder. 

«E1 viejo me escuch6 con atencion, y, cuando 
hube terminado, toco un timbre. Vino un criado. — 
•Averigtie usted inmediatamente cuando sale un 
vapor para Sud-America'. — 'Mariana, senor.' — 'Esta 
bien; Edwin, arregla tus papeles y tus balijas'. — 
'Pero.... usted queda solo!'. — 'Eso nada tiene que 
hacer'. - Dos horas despues, estaba listo. 

<Cuando Ileg6 la noche, visite nuevamente 4 mi 



- 64 - 

suegro. El sabia que mis libros estaban en orden y 
que no habia necesidad deexarainarlos, 

«Me despedi de el y pase a mi dormitoiio. 

«A media noche me acoste. 

• Una inquietud extrana se habia apoderado 
de mi. 

« Procure dormir. 

«Imposible. 

«Entonces apague la luz. 

«Haria media hora que luchaba por conciliar 
el sueno, cuando senti que en un lado de la cama 
hacia frio. ,;Por que? Volvi a palpar, y el frio era 
mayor, v el aire parecia mas dense Crei que so- 
naba y me sente. Pero no estaba sonando. Palpe 
una vez mas y la mano encontr6 un obstaculo. 

«Presa del terror, quise gritar y no pude. A mi 
lado habia un cuerpo humano, frio, helado.... un 
cadaver. 

«En vez de levantarme 6 encender luz, confie al 
tacto la solucion de aquel misterio. Tenia el cuerpo 
una larga cabellera suave, y un vestido de seda. 

«— 'jNelly!'— rugi, mas que grite. 

« — 'Te lo habia prometido, Edwin, <>por que hu- 
yende micontacto tus manos temblorosas?' 

« — 'jNelly! Nelly mia! en nombre de Dios!.... 
si tu alma irritada busca mi alma.... espera....' 

€ — 'No, Edwin, mi alma no esta irritada; pero 
lie llevado un secreto al sepulcro, y te lo dirt al 
oidoP 



— 65 - 

«— '<>Ahora?' 

« — 'No! en el sepulcro!' 

«En un mDvimiento involuntario toque la caja 
de fosforos y prendi uno. 

«Nada. 

«<;Era posible que aquello fuese ilusion? 

«Me levante, encendi una lampara y volvi a 
acostarme. No se coma, ni cuSndo me dormi. 

«A1 dia siguiente me embarque, y, a los pocos 
dias me encontre en el Brasil. donde he permaneci- 
do algunos meses, entregado a la vida de los bos- 
ques, cazando y coleccionando. Mas tarde vine a 
Montevideo, y luego a Buenos Ayres, donde me he 
establecido; pero ya he visitado las Misiones y el 
Chaco, y espero realizar un viaje a las Provincias 
del Norte. 

cEste clima me agrada mas que cualquier otro; el 
caracter de los habitantes no encuentra rival, y las 
personas realmente educadas no tienen nada que 
envidiar a la mejor aristocracia europea. 

«Mi vida es la de un automata, suspendida de 
un solo hilo: la palabra final de la Policia de 
Londres. 

«Soy cort6s, a mi modo, sin esfuerzo, porque, 
para mi educacion, el esfuerzo real estaria en pro* 
ceder como un guarango, segun dicen ustedes. 

«Dos ilusiones solamente me sostienen, como 
padre y como ingles: encontrar a mi hijo y pensar 
que, para un ciudadano de cualquier nacion del 



— 66 — 

mundo, no hay mayor ideal politico, ni mayor or- 
gullo, que el de poder depositar toda su confianza 
en sa gobierno, con razon, con motivo y con cri- 
terio, como yo lo he hecho. 

«Mi posicion social me ha permitido tener ami- 
gos como Don Miguel, y encontrar personas como 
ustedes, cuyos actos benevolos y caballerescos han 
obligado mi gratitud hasta el punto de confiarles 
el secreto de mi vida. Y ya que hemos llegado a 
este terreno, revelare tambien a ustedes que abrigo 
una simpatia de reflejo: la senorita Serafina, her- 
mana del senor, porque, cuando la veo, me parece 
encontrar en ella algo de la cara de mi hijo. Algunas 
personas dicen que le hago la corte; pero yo sos- 
tengo que cualquier hombre que afirme haberme 
oido decide una palabra ajena al lenguaje de la bue* 
na sociedad en rueda, es un mal caballero.» 

Abrumados por las revelaciones de Phantomton, 
nos mantuvimos en silencio. 

Su mirada habia cambiado, y en vez deaque- 
lla melancolia agria de la vispera, nos parecio ver 
en ella una expresion de esperanza, serena y tran- 
quila. 

Miguel permanecio mudo, y los unicos movi- 
mientos que hacia eran para revolver las brasas 6 
encender un cigarrillo. 

Algo le preocupaba. 

Por nuestra parte dirigimos a Edwin un serie de 
preguntas. 



- 67 - 

— «,iCuantas veces ha sentido usted la presencia 
del cadaver? » 

— «Muchas. Basta para ello que me encuentre 
completamente a oscuras » 

— «,>Y no sera algo esencialmente subjetivo?* 

— «jSubjetivo! eso es muy vago. ^Como quiere 
usted que yo lo sepa, si nunca lo ha comprobado 
nadie?» 

— «<;Quiere usted que lo comprobemos?* 

— «Si!» 

— «Est4 bien: colocaremos su cama en medio de 
este aposento. Usted se acostara ocupando la mitad 
del colchon y dejara libre la otra mitad; de este lado, 
pondremos nuestras sillas; y, cuando su voz lo anun- 
cie, aproximaremos las manos.» 

Miguel se levanto y se acerco a nosotros. 

— «<iAceptas?»— le preguntamos. 

— «,jPorque n6? Con echar una jarra de agua en 
la chimenea y apagar las luces, quedaremos per- 
fectamente a oscuras. A prop6sito, yo propondria 
un agregado a la comprobacion. Tengo ahi ter- 
mometro de maxima y minima; lo colocaremos en 
la parte desocupada de la cama y veremos hasta 
donde llega la objetividad de la fria aparicion.* 

— «Muy bien ideado.* 

Inmediatamente preparamos todo. La cama se 
coloc6 donde se habia convenido, y asi tambien 
las sillas, distribuyendonos del modo siguiente: a 
la cabecera, Alfredo para examinar el cabello y la 



— 68 - 

cara; luego yo para las manos y el pulso; enseguida 
Miguel para el vestido, y Roberto a los pies. 

Convinimos en guardar el mas completo si- 
lencio. 

Miguel trajo el term6metro, el cual, algunos mi- 
nutos despues, senalaba la temperatura del comedor, 
23 grados, y lo coloco en la cama. Una jarra de 
agua sirvio para extinguir el fuego de la chime- 
nea; apagamos las lamparas, dejando solo una vela a 
nuestro alcance. 

Si en aquel momento hubiera reinado una tem- 
peratura de hierro fundente, no habria sido bastan- 
te para calentarnos las espaldas. 

Edwin se acosto, y nosotros ocupamos nuestros 
respectivos asientos. Cada uno estaba provisto de 
una caja de fosforos. 

Se apago la vela. 



VI. 



LA 80MBRA DEL GENERAL. 

Haria diez minutos, 6 un siglo — esto no se puede 
determinar con precision — que estabamos a oscuras, 
cuando oimos el gemido. 

Se oyo el ruido de una caja de f6sforos que 
cayo al suelo. 

Esperamos. 

— «jNelly! jNelly! en nombre de Dios, dejame 
en paz!» — decia Edwin en ingles . Era lo mismo, 
todos entendiamos este idioma. 

Cada uno de nosotros avanzo una mano. 

— «<;Por que te molesta mi proximidad? <;Se ha 
convertido acaso en odio tu amor tan profundo?* 

— «jNelly! si el poder de tu juramento es tan 
grande que no conoces las distancias para encon- 
trarte amilado, dime, entdnces <;d6nde esta nuestro 
hijo?» 

— «<>Tu hijo? [te lo diri al oidol* 

— «Pero, por favor, querida mia, ,;por que no 
me lo confias ahora que estoy a tu lado y que me 
aproximo a tu cuerpo frio?» 

— «N6, jamSs; s61o en el sepulcro.* 

Roberto encendid un fosforo y en seguida la 
vela. 



— 70 - 

No habia nada. 

Edwin estaba palido; pero su secreto, confiado a 
corazones que le eran simpiticos, habia aligerado su 
terror. 

El termometro de minima senalaba 8 grados. 

— «Los pies estaban yertos, y con ambas manos, 
y a un tiempo, he comprimido fuertemente la car- 
ne,» — dijo Roberto. 

— «Con la palma de la mano apoyada en la 
pierna, he experimentado el frio cadaverico,* — ob- 
servo Miguel. 

— «Con ambas manos», — dije, — «he asegurado 
fuertemente una mufieca del antebrazo izquierdo 
frio, y, al aparecer la luz, he encontrado que figura- 
ban un anillo, dentro del cual no habia nada.» 

— «Yo he tocado la cara y la cabellera,» — dijo 
Alfredo. 

El objetivismo de la aparicion se imponia. 

Ninguno de nosotros estaba preparado para ex- 
plicar aquello, y aunque, en conjunto, representa- 
ramos una suma respetable de lectura sobre acon- 
tecimientos analogos, nos faltaba la fe que da cuerpo 
y vida a las grandes opiniones, tanto mas cuanto 
que siempre habiamos pensado de un modo adverso 
a las materializaciones y a los aparecidos, atribu- 
y6ndolo todo 4 fascinacion, ilusiones 6 mistifica- 
cion. 

Pero, en aquel instante, parecia superfluo vacilar 
6 discutir, y aun cuando Edwin fuera victima de una 



- 7i - 

obsesion y nosotros estuvieramos suge3tionados 6 
fascinados por el, el hecho se habia producido con 
todas las condiciones de una realidad palpable, 
aunque misteriosa, y que se imponia mas aun por 
el descenso de 15 grados de temperatura en el ter- 
mometro de minima. 

Si la vida, para algunos, es una iluoion tambien, 
si no es mas que una quimera, nuestros actos men- 
tales podran ser igualmente ilusorios: pero es evi- 
dente que existe un encadenamiento logico en las 
convicciones, por el cual se llega al estado normal 
del sentido comun; y asi, aunque la materializacion 
de Nelly tuviera todos los caracteres de una mons- 
truosidad, no lo es menos que, en tal ocasion, los 
actos que habiamos realizado pertenecian por su for- 
ma al empirismo mas simple y no podiamos negar 
que los resultados concordaban con el sentido co- 
mun, independientemente de la cosa en si. 

— «Senor Phantomton» — le dijo uno de nosotros 
— «sea cual fuere la causa generatriz de este feno- 
meno asombroso, facil nos es comprender que su 
organizacion cerebral es de primer orden, porque, 
si asi no fuera, habria sucumbido ya bajo el peso 
de una emocion que debe irmas alia de la resisten- 
cia normal de los hombres fuertes.* 

— «Me parece exacto lo que usted dice; pero 
yo me explico hasta cierto punto esa energia, por 
el desarrollo que ha alcanzado mi voluntad de vivir. 
Es tan grar.de, que muchas de mis facultades ante- 



- 72 - 

riormente en ejercicio se han aminorado, y a veces 
me asalta el pensamiento de que pudiera Ilegar un 
dia en que todo mi cerebro no fuese apto sino para 
desarrollar 6 producir esa voluntad. Yo necesito 
ver a mi hijo, y si algun dia adquiero la conviccion 
de que es imposible, estoy seguro de que mi cere- 
bro quedara a oscuras, al extinguirse esa luz inva- 
sora que hoy lo ilumina todo.» 

— «La situacion de usted es excepcional, por lo me- 
nos si se compara con la de los demas hombres de la 
civilizacion de Occidente, para los cuales sus faltas 
son, por lo comun, atribuidas a una explosion de vita- 
lidad y mas bien sirven de pretexto para ornamentar 
el panorama de la vida interior que para producir un 
verdadero martirio de la conciencia, como si se trata- 
ra de alguno de esos crimenes negros que envenenan 
el animo con el remordimiento. Me parece que usted 
debe encontrarse en un estado psiquico analogo al 
de aquellos desventurados de otros tiempos a quie- 
nes la Iglesia fulminaba con la excomunion mayor, 
y en una epoca en que poderosos emperadores hu- 
millaban su cerviz ante la majestad terrible de los 
Papas.* 

— «A1 principio si; pero ahora ya no es tanto. 
Dije a usted anteriormente que mi vida es la de 
un autdmata, cuya cuerda es la ilusion de ver a mi 
hijo. Las aparicioncs de Nelly me abruman, no 
tanto por el cadaver mismo, cuanto por lo inexplica- 
ble del fenomeno, y en particular por Nelly. To- 



73 



do el amor que un hombre puede abrigar por una 
mujer, se anido en mi alma, y se conserva hoy tan 
puro como el primer dia, estoy seguro de ello, aun- 
que mis facultades se hayan debilitado. No lo se, 
pero vislumbro una catastrofe 6 algun sacudimiento 
insoportable para el dia en que encuentre a mi 
hijo, si es que todavia puedo alcanzar esa dicha en 
mi existencia; porque entonces volvere a mi ser an- 
terior y podr6 apreciar en toda su magnitud la per- 
dida de Nelly. » 

— «Pero veamos,» — dijo Alfredo — «ami me gus- 
tan las cosas en orden, a mi modo. Empecemos 
por el principio: <itiene usted fe religiosa?» 

— «Yo no era ateo en otro tiempo.* 

— «<iY ahora?» 

— cAhora no lo se; pero he aprendido a blasfe- 
mar.» 

— «Me he explicado mal» — observo Alfredo — 
csirvase usted no tomar mi rectificacion en sentido 
ofensivo; pero el blasfemar no implica ateismo. Un 
ateo es un filosofo, y en Filosofia las blasfemias no 
demuestran nada.» 

— «Usted me disculpe, he empleado mal la pala- 
bra y la retiro. En verdad, estoy convencido de 
que un creyente por intelectualidad, que lo es por 
la Filosofia 6 por la Razon, como yo lo era, y no 
por sentimiento, s61o puede transformarse en ateo 
emplcando los mismos instrumentos mentales en que 
antes se fundaba su creencia, y lo cierto es que, 



- 74 - 

cuando yo aprendi a blasfemar, no aprendi a decir 
las blasfemias, ni mi razon se encontraba en aptitud 
de dedicarse a los problemas filosoficos, de modo 
que si aquel retorno a mi estado mental se piodujera, 
es probable que, con el, regresaran las convicciones.* 

— «Por eso le pregunte si tenia fe religiosa.* 

— «No, serior; porque mis ideas eran puramente 
filosdficas, y aunque tenia la de Inteligencia infinita, 
me faltaba por completo la de Providencia flexible, 
pareciendome que mi Dios sabia lo que hacia y no 
necesitaba de mis indicaciones.* 

— «E1 hecho es que usted no ha buscado consue- 
lo, porque en conciencia no podia hacerlo, en la ora- 
cion 6 en la plegaria, ^verdad?» 

— «Eso es.» 

— «En sus conminaciones, sin embargo, usted de- 
cia: 'En nombre de Dios, Nelly....'» 

— «En efecto, Nelly tenia esa fe y para ella el 
conjurono eravano.* 

— «Descartemos entonces eserecurso. <>Ha acu- 
dido usted a los medicos en procura de alivio?* 

— cN6, porque las apariciones de Nelly no son 
una enfermedad mia.» 

— «Y esos anuncios de sus nervios, vinculados 
con el estado del tiempo?» 

— tEso puede ser una propension 6 una diatesis 
reumatica; pero, como Nelly aparece cuando me 
encuentro a oscuras, y en cualquier estado atmosferi- 
co, deduzco de aqui que aquello nada tiene que ver.» 



- 75 - 

— «Asi parece, realmente Veamos ahoia: usted 
ha visitado la India. ^Conoce el fakirismo?» 

— «He visto a los fakires ~n accion; pero nada 
mas. » 

— «<jNo ha acudido usted a sus recursos, hacien- 
dolos cousultar en la India, 6 aprovechando la me- 
diumnidad del algun occidental? » 

— «No lo he hecho, porque me ha faltadola fe.» 

— «Puesbien, senonlo que ha sucedido esta no- 
che no tiene nada de maravilloso para un fakirista, 
aunque, para nosotros, sea estupendo. Admitamos, 
por un momento, que, lo que a usted le sucede, y 
que hemos atestiguado, sea una ilusion. Si lo es, 
ella es la causa de su martirio, y yo, en su lugar, 
acataria la imposicion del espectro, y aunque ese 
acto de encerrarse a oscuras en el sepulcro y ten- 
derse al lado del feretro, sea un absurdo para sus 
convicciones, porque no es valor lo que le falta, yo 
obedeceria la orden, y tal vez llegara a encon- 
trar el remedio al realizar una quimera 16gica.» 

Edwin guardo silencio. 

— «Pero no es una ilusion » — agrego Alfredo — 
«sino una cosa que todos consideramos un misterio. 
Desde el momento que su esposa, antes de morir 
le ha dicho que guardaba un secreto, y que todos 
hemos oido sus palabras al ofrecerle revel aciones 
sobre su hijo tambien, ,ipor que vacila usted? ^por 
que no tentar la prueba, saiga lo que saiga? » 

— «Si, sefior; tiene usted razon. Estoy conven- 



- 76 — 

cido de que ya lo habria hecho, si hubiera gozado 
de la plenitud de mis facultades. Gracias, mil 
gracias. Por otra parte, <;no es un misterio tambien 
la desaparicion de mi hijo? Don Miguel, hagame 
el gusto de ordenar a su criado que avise me prepa- 
ren un carruaje para el primer tren. Me voy a In- 
glaterra en el vapor que saiga mas pronto. Si mi 
tentativa fracasa, consultare alia al Profesor Crookes 
y probablemente me ire a la India para entrar en re- 
laciones, si es posible, no con los fakires, sino con 
los yoguis.» 

Miguel llamo a Nicolas y despues de darle la 6r- 
den relativa al carruaje, le dijo que encendiera de 
nuevo la estufa. 

Hecho esto, nos sirvio el te y entonces nos acos- 
tamos, dejando una lampara encendida, y cargada 
de manera que pudiese durar toda la noche. 

Alfredo se apodero del soporifero libro de ma- 
rras, y nos precipit6 en el mas profundo suefio. 

Al dia siguiente, muy temprano, al abrir los ojos, 
vimos a Edwin ya pronto para marchar. Nos levan- 
tamos precipitadamente y le acompanamos hasta el 
carruaje. Su despedida fue en extremo afectuosa. 

— «Senores»— nos dijo al poner el pie en el es- 
tribo — « despues de desear a ustedes toda felicidad, 
s61o espero que en el prdximo Invierno podamos 
reanudar estas reuniones, que yo he amargado tan to 
con la enunciacion de mis penas.* 

El carruaje se puso en marcha. 



77 



Durante todo el dia anduvimos preocupados con 
los extranos sucesos de la vispera, y a la noche, cuan- 
do el frio se dejo sentir, y rodeamos la chimenea, 
Miguel inici6 la conversacion sobre el mismo tema, 
diciendo: 

— «Edwin es un ejemplar curioso, y un modelo 
acabado de energia mental. Nunca me he puesto 
a prueba, pero estoy seguro de que, en su lugar, yo 
me habria vuelto loco. Si manana me dijeran que 
es un ventrilocuo 6 un fascinador, y que todo ha sido 
una farsa, tendria un gran placer, porque el solo pen- 
samiento de que tales penas se acumulan sobre un 
hombre de sus condiciones, me produce una afliccion 
tal, como si me tocara una parte de su desgracia. » 

— «No lo dudo,» — dijo Roberto — «pero no es 
verosimil que oigas tales afirmaciones. Edwin e 
ni mas ni menos que como lo hemos oido.» 

— «Asi es, y por lo mismo, ahor.i que creo cono- 
cerlo, se me presenta doblemente simpatico. De 
todas maneras, su caso es excepcional, y si yo hu- 
biera de airojar una maldicion sobre una cabeza, no 
encontraria ninguna mayor que la de desearle seme- 
mejantes calamidades. Pero dejemos esto por aho- 
ra y ocupemos nuestra atencion con asuntos menos 
lugubres. 

Era tiempo. 

La conversacion, habilmente llevada, se alejo ca. 
da vez mas del pavoroso acontecimiento de la vispe- 
ra, y saltamos, de tema en tema, como chingolos 



- 78 - 

alegres en las ramas. Episodios de viaje, critica de 
arte, asuntos mitologicos.... desfilaron en amena pro- 
cesion, y cuando Hego la media noche, nos dispusi- 
mos a dormir. 

— «Bueno, companeros: ustedes se acostaran tran- 
quilamente y dormiran un sueno de marmotas, sin 
sobresaltos, ni pesadillas. Lo que es yo, me voy 
a la torro 

— «Te acompanaremos, Miguel. » 

— «No; voy solo. Estoy preocupado con varios 
incidentes que han ocurrido desde nuestra Uegada 
y que parecen vincularse entre si, como si se tratara 
de un solo drama. Por otra paite, no tengo miedo 
y ,;de que habria de tenerlo?* 

— «Una cosa es el miedo y otra el pavor. » 

— «Despues de la escena de anoche, ningun pa- 
vor podra doblarme. Hasta luego.» 

<;Para que insistir? Queria ir solo, que hiciera su 
gusto. 

Miguel tom6 una vela y se encamin6 a la torre. 

Media hora despues, oimos voces que partian de 
alii: la suya, y otra grave y cascada. El dialogo 
dur6 mds de una hora. 

Al penetrar en el segundo aposento. Miguel 
coloc6 el candelero en la mesita y esper6. No tenia 
la seguridad de que el espectro apareciera; pero 
abrigaba si la esperanza de ello, confiando en el 
poder del conjuro, de la voluntad, de la evocacion. 
Incredulo del dia anterior, su transformacion fue 



- 79 - 

sincera, no en el sentido de abandonar sus opinio 
nes anteriores, sin6 de someterse a la fatalidad de 
lo que consideraba hechos, cualquiera que fuese 
su naturaleza. En este sentido, aprobaba el conse- 
jo de Alfredo a Edwin, y el tambien entraba por el 
aro de las quimeras I6gicas. 

Haria media hora que estaba esperando, cuando 
vi6 que la oscuridad relativa del aposento se disipa- 
ba, y que un resplandor, limitado a las proporcio« 
nes de nn cuerpo humano, se perfilaba junto a la si- 
11a colocada frente a 61, y del otro lado de la mesita. 

Poco a poco, la aparicion se acentuaba, volvien- 
dose opaca y asumiendo al ultimo los caractercs de 
un cuerpo real. 

Miguel se puso de pie y saludo a su abuelo, el 
viejo General. 

La impresion que recibio no fue pavorosa. Tenia 
algo del encanto de la piedad filial. Extendio los 
brazos para acariciar al abuelo, y, como sucede con 
todas las sombras, no encontro sino el vacio. 

— «Es inutil, querido hijo, que busques mi cuerpo 
entre las realidades palpables. Soy la apariencia 
solamente; pero falta en mi la sustancia de los vivos. 
Ni es necesario tampoco que te empefies en demos- 
trarme tu afecto: del mismo modo que penetro en 
esta torre, puedo penetrar en tu cerebro, y, para las 
relaciones de los espiritus, podria bastar el contacto 
mental, si todos los hombres tuvieran la misma 
organizacion nerviosa. » 



- 80 - 

— «Senor, si ello es asi, usted ha podido leer en 
mi el respeto y el carino.» 

— «Lo se. y la serenidad de tu caracter me ha 
permitido llamarte.» 

— «jLlamarme!» 

— «Si, yo te he llamado, y lu has venido cinco 
veces; pero no has venido despierto como ahora. 
Tus amigos te han dicho la verdad. Cuando apa- 
rece una sombra de la iamilia, eso es un aviso. Mis 
comunicaciones anteriores te han parecido suenos, 
y has olvidado cuanto te dije. Ahora estas despierto 
y recordaras. Pero observo que tu pensamiento se 
distrae en graves reflexiones sobre el misterio de mi 
aparicion, y que se convulsionan con ello tus ideas 
de nlosofo positivista. Abandonalas. £1 tiempo y la 
meditacion te sobraran despues. Ocupate por ahora 
de esta realidad y no la expliques. Los problemas 
de ultratumba serin siempre problemas para la hu- 
manidad, por mas que de ellos se alejen los nloso- 
fos que te han servido de maestros.» 

£1 General dio algunos pasos hacia uno de los 
estantes llenos de legajos, y apoderandose de uno 
de ellos, lo puso en la rnesita y tom6 asiento. 

— «Ocupa tu silla Miguel* — dijo, en tanto que 
desataba unas cintas. 

Saco un mapa de Inglaterra, un piano, y una 
carta escrita en papel azulado. 

— «En 1800 y tantos, tu padre estuvo en Ingla- 
terra, donde permaneci6 dos anos. Pocos rneses 



— 81 — 

antes de regresar, me escribio esta carta. Dentro 
de un momentovasa leerla. Que note asombre su 
contenido; que no se te ocurra un juicio severo. 
Lo que en ella refiere no es una cosa sobrenatural; 
ni creo que tu, con mas anos y experiencia que los 
que el tenia entonces, seras capaz de hacer inter- 
pretaciones desfavorables. Lee:» 

— «'Londres, a 25 de Septiembre de 1800 y 
tantos. 

«'Mi querido padre: 

«'Espero que al recibo de esta, gocen ustedes 
de su perfecta salud.... Siento ahora que mi animo 
desfallece, y me falta la energia necesaria para co- 
municar a usted algo que deberia silenciar, por el 
respeto que le debo; mas se me ocurre que agra- 
varia mi situacion guardando el secreto, y que seria 
mucho peor que llegase a usted por otro conducto, 
en vez de comunicarselo yo mismo. De todos mo- 
dos, lo hecho no puede remediarse, y aunque su 
severidad se resienta, su bondad paternal encon- 
trara sin duda el lenitivo para el dano y para la pena. 
En un pueblo, inmediato a esta capital, conoci a 
una j6ven inglesa, y entusiasmado primero, apasio- 
nado despues, y loco al fin, le di toda mi locura, 
mi pasion y mi entusiasmo, que ella acept6. Al 
solicitar su mano, se me opusieron dificultades que 
al principio me parecieron insuperables y entdnces 
el mundo desapareci6 para nosotros.... El nino es 

7 



- 82 - 

hermoso, sano, y se parece tanto a usted, que mu- 
chas veces le prodigo mas carinos de hijo que de 
padre.... Una vez que reciba su perdon y su con- 
sen timiento, la Iglesia atara con la bendicion sacer- 
dotal, lo que Dios quiso atar con su bendicion di- 
vina' » 

— «jEdwin!» — exclamo Miguel — «jEdwin es mi 
hermano!» 

— «Ten calma y sigue.» 

— « 'Le dare mi nombre y mi apellido, y el 

documento que deba acreditar su estado civil, por 
el bautismo, no se escribira en los libros parroquia- 
les hasta que usted lo autorice para una f6rmula de 
completa legitimidad. Mientras tanto, lleva un 
nombre supucsto: se llama Edwin Phantomton.'* 

— «No interrumpas tu lectura, Miguel. Ya se lo 
que me quieres decir.» 

Miguel continuo. 

— «....'En el adjunto mapa de Inglaterra, esta se- 
nalado el pueblo en que ha nacido, y, en el piano 
del pueblo, el sitio....'» 

— «Lo adivinaste, Miguel; Edwin es tu hermano 
mayor.* 

— «Y usted <;que hizo?» 

— «,;Que querias que hiciera? Consent! y quede 
ardiendo por conocer a mi primer nieto. Al reci- 
bir mi carta, tu padre se cas6 y bautiz6 a su hijo, 
que, sin embargo, ha conservado un nombre que no 
es el suyo.» 



- 83 — 

— «Pero ,jlo sabe 61? » 

— «No lo sabe, mas tu se lo diras. En su fe de 
bautismo no fue necesario dejar otra constancia re- 
lativa a su estado sin6 que era hijo de legitimo ma- 
trimonio.* 

— «Es necesario que Edwin conozca estos porme- 
nores, porque sus derechos de sucesion... * 

— «No te ocupes de esos derechos, pues en estos 
momentos su espiritu esta atribulado por ideas de 
orden superior. Cuando el te escriba, contestale, y 
dile una parte de lo que sabes, reservandote lo que no 
necesita saber. Indicate la fechadesunacimiento, el 
lugar en que nacio, el dia que lo bautizaron y hasta el 
f61io en quese encuentra su fe de bautismo, ratificada 
por la firma de tu padre, y por los nombres de per- 
sonas honorables. Cuando el busque la fe de casa- 
miento de sus padres, no la encontrara, porque es- 
taba en una iglesia que se quemo; pero sus padri- 
nos viven, y ellos, que ya no recuerdan fechas, le 
daran testimonio de la boda tambien. Tu pruden- 
cia es proverbial en la familia, y en este caso deli- 
cado no la desmentiras.» 

— «Sefior, yo estoy dispuesto a ejecutar lo que 
usted me ordena; pero ,mo le parece que para un 
alma que tanto sufre, seria un balsamo celeste el 
descubrir que tiene hermanos, que tiene una fami- 
lia, en cuyo seno encontraria un alivio a sus des- 
gracias?* 

— «No, Miguel; tu buen corazon, tus nobles sen- 



- 84 - 

timientos te inclinan en ese sentido; pero tu no eres 
padre; tu no sabes lo que es buscar 4 un hijo.» 
— «Pero, ,imi raadre ignora todo esto?» 
— «Todo; tu padre le guard6 el secreto, que sin 
duda le habria revelado antes de morir;pero la en- 
fermedad que acab6 con su vida fue tan violenta, 
que no pudo hablar. Observo ahora que vuelves 
a tus ideas, y deseas saber por que soy yo y no tu 
padre quien se te aparece. Abandona esos pen- 
samientos. En presencia el uno del otro, la ternu- 
ra hubiera oscurecido estas claridades que ahora 
iluminan tu espiritu. He terminado con Edwin a 
quien ya conoces. Ahora pasemos a otro asunto. 
Ya sabes que clase de afecto es el que Edwin pro- 
fesa 4 tu hermana Seranna: al verla, se acuerda de 
su hijo, lo que es muy natural, como que ella es su 
hermana. Pero no le sucede 4 ella otro tanto, y 
antes de que su amor por Edwin tome caracteres 
morales de incestuoso, es necesario que dediques 
todo tu talento a convertirlo gradualmente en fra- 
ternal. Ella es discreta y su corazon es como su 
nombre. Cuando reconozca en Edwin un hermano, 
haz que lea esta carta, y cuando la haya leido, que- 
mala. Tus otros hermanos tienen por el inglis 
un afecto sincero, y ninguno de ellos mancharia su 
pensamiento con exigencias testamentarias. Miguel, 
mi presencia se debe 4 la situacion de Seranna; se 
fuerte como hasta ahora, y prep4rate, con 4nimo se- 
reno, 4 recibir, dentro de poco, un rudo golpe de la 
suerte » 



- 85 - 

— « j<iQuj6 cosa, senor?!» 

Pero la figura del General habia desaparecido y 
sdlo quedaban sobre la mesa los documentos exami- 
nados. 

Lleno de piedad por la venerable sombra, los 
ojos de Miguel se anegaron de lagrimas. 

Guardo los papeles en la carpeta, los puso en su 
sitio, y tomando el candelero, bajo al comedor. 

Ninguno de nosotros dormia. 

— «^Sera indiscreto preguntarte lo que ha ocurri- 
do, Miguel?» 

— «Una de las cosas mas extraordinarias que us- 
tedes pueden imaginarse. Son mis amigos, y les 
debo una parte del misterio. Sin embargo, exijo 
de ustedes el mas profundo sigilo, hasta que se pre- 
sente la oportunidad de revelar lo que voy a decir- 
les. jEsas siluetas que tu hiciste y que tanto me 
preocuparon! Hijo de un matrimonio secreto, Ed- 
win es mi hermano mayor.* 



VII. 

EN ELSEPULCRO. 

Al dia siguiente nos preparabamos para una ca- 
ceria. 

El viento pampero de la noche habia secado en 
parte los campos, y aunque se habian formado mu- 
chas lagunas y huaicos a causa de los aguaceros, se 
podia llevar a cabo una campana contra las perdi- 
ces que saludaban un sol hermoso de Veranito de 
San Juan, diamante esplendido que rutilaba sobre el 
zafiro de un cielo sin nubes. 

Cada uno de nosotros tomo por distinto rumbo, 
y no se oia mas qu'e el ruido de los disparos, como 
si los unos fueran el eco inmediato de los otros. 

La topografia del campo nos permitia vernos a 
cada instante. 

Haria dos horas que cazabamos, cuando vimos 
un jinete que corria en direccion al punto en que 
se encontraba Miguel. Vimos que echaba pie a 
tierra, y un momento despues montaba Miguel en el 
caballo del jinete y corria hacia nosotros. 

Sucesivamente nos "comunico a todos un telegra- 
ma recien llegado: — «Miguel: vente pronto, mama 
esta muy grave con un ataque repentino — Sera- 
fina.» 



— «Estaba anunciado; esta enfermedad es el 
'rudo golpe de la suerte' de que me hablo anoche 
el viejo General. Yo me voy ahora mismo, y uste- 
des pueden quedarse.* 

— «Ni pensarlo. Nosotros hemos venido a pa- 
sar unos dias contigo y la cacerla no es mas que un 
pasatiempo secundario. Por otra parte, no sera un 
placer estar aqui quemando polvora mientras sepa- 
mos que un accidente como el que se te anuncia te 
aflige en la ciudad.» 

— «Pero es una locura; siendo esla permanencia 
en el campono solo una distraccion sino tambien un 
descanso.* 

— «No hay descanso que valga, y nos vamos con- 
tigo.* 

— «Pero yo me voy a caballo, y a todo escape, 
para alcanzar el tren de las 4.* 

— «Haz lo que quieras. Quedandonos de dueiios 
de casa, ya sabremos lo que hay que resolver.» 

— «Bueno, companeros, hasta pronto.* 

— « Hasta luego.» 

Algunos minutos despues, y antes de Hegar a 
la casa, vimos a Miguel que, a todo galope, se di- 
rigia a la estacion. 

Nosotros tomamos el tren de las 6; a las 9, es- 
tabamos en la ciudad. 

Arreglarnos y acudir a casa de Miguel fue todo uno. 

El caso era de una gravedad extrema, y aunque 
los medicos habian hecho uso de todo su tacto para 



- 89 - 

decir y no decir su opinion, el pronostico se impo- 
nia, como se impuso la realidad al dia siguiente. 

Llantos, gemidos, voces desganadoras, luto, co- 
ronas, visitas, ceremonias funebres y sociales, misas, 
tarjetas... y el silencio de los dias siguientes entre- 
cortado por sollozos repentinos y que parecian ina- 
gotables. 

Poco a poco se derram6, en aquella casa tam- 
bien, el balsamo del tiempo. Los sollozos se ale- 
jaron cada vez mas y por ultimo reino alii una con- 
formidad muda, interrumpida por suspiros que du- 
rarian siempre. 

Miguel procedio habilmente en sus comunica- 
ciones a Serafina, despues de ofrecer a su dolor el 
tributo que la Naturaleza reclama. Pensando que 
ningun sentimiento podria superar en ella al que le 
causara la muerte de la madre, no quiso esperar 
que los dias amortiguaran su pen a, y en uno de esos 
momentos de expansion fraternal, y recordando la 
perdida sufrida, refm6 a la joven la escena de la 
aparicion de Nelly, con sus antecedentes, y lo que 
habia sucedido en la torre. 

Como su hermano lo habia previsto, no produjo 
en ella una impresion muy honda, por mas que fue- 
ra grande su sorpresa; y asi, cuando, a fines de Ju- 
lio, su serenidad domino al triste recuerdo, cuando 
fue penetrando ella en los dominios de su estado 
normal, se ocup6 de Edwin en mas de una ocasion, 
hablando del hermano ausente y expresando el de- 
seo de volverle a ver. 



- 90 - 

No habia doblez en el alma de Serafina, y Miguel 
sintio con todo vigor la seguiidad de que, para ella, 
Edwin era su hermano, por el que ambos se intere- 
saban igualmente. 

£1 dia 25 de Julio, Miguel recibio de Espafia, de 
Asturias, un telegrama: *Miguel: Carta prdxima.* 

Miguel corri6 al aposento de Serafina. 

— «<;Sabes lo que significa esto?» 

— «No.» 

— «Edwin ha encontrado a suhijo.* 

— «<;Es posible?» 

— «Edwin se embarco el mismo dia que llego de 
la estancia: pero antes de partir, me dejo una carta 
de despedida en la que me decia, entre otras cosas: 
'Si encuentro a mi hijo, le hare un telegrama anun- 
ciandoselo con las palabras: 'Carta prdxima.'* 

Expresaron ellos su satisfaccion con toda ingenui- 
dad y se lanzaron por el mundo de las conjeturas. 

jCuantas cosas decian aquellas dos palabras! 
jCuantas escenas de terror habrian precedido al 
exito! De todos modos, la carta lo ditia. Esta llegd 
a mediados de Agosto. Decia asi: 

•Miguel: No es necesario que proceda desorde- 
nadamente para referirle mis aventuras, hasta al- 
canzar un exito que ni en suenos vi mas rapido. 
Usted ya lo conoce. Pero voy a tomar los hechos 
desde el primer momento. 

«A1 llegar de la estancia, supe que en ese mis- 
mo dia salia un vapor inglis para Europa. Arregle 



91 



precipitadamente mis asuntos y balijas, y me embar- 
que. 

«A los veintidos dias estaba en Southampton, 
y a las pocas horas en Londres. Inmediatamente 
fui a ver al medico de casa, y le refer! todo lo que 
ustedes oyeron. El buen Doctor estaba tan sor- 
prendido, que empezo por creerme loco. Pero no 
tardd en convencerse de que no lo estaba, y acept6 
mi proposito de cumplir con la voluntad de Nelly, 
como unico medio de ensayo, para tantear la suer- 
te. — 'jOh!' — me dijo — 'si no fuera tan grande su justa 
impaciencia, yo hubiera deseado rcalizar tambien el 
experimento que hicieron sus amigos en la noche del 
22 de Junio.' — Le invite a que me acompafiara al 
cementerio, y no pudo negarse a ello. Convinimos 
en que seria al dia, 6 mas bien, a la noche siguien- 
te. Luego sali de Londres en un tren que, en 
media hora, me Hev6 al pueblito que habitabamos 
y donde se encuentra mi suegro. El excelente viejo 
me abraz6 llorando. — 'Pobre Edwin,' — me dijo — 
'nada de nuevo; no hay una sola noticia de nues- 
tro hijito querido. El senor mi Dios me lo perdona- 
r.'i; pero yo he perdido la fe que tenia en el poder 
de mi patria. La Reina misma, impresionada de un 
raodo extraordinario por la desaparicion del nifio, 
ha escrito con su propia mano una carta que yo he 
visto en poder del Jefe de Policia, en la que le re- 
comienda la pesquisa de un modo especial. S. M. 
ha llevado la benevolencia hasta el extremo de poi 



- 92 - 

ner a disposition del Jefe £ 50.000, de su lista ci- 
vil, y mas si fuera necesario. Yo le he ofrecido toda 
mi fortuna; pero es inutil. Hace mas de un ano que 
el nifio desaparecio y no se encuentra. Estoy loco, 
Edwin, loco y desesperado.' — 'Sefior, yo llego de 
Sud-America' — le dije — 'y en aquel suelo lleno de 
vida y bajo aquel cielo lleno de azul, he conquista- 
do una nueva esperanza. Tengo la conviccion de 
que vengo a encontrar a mi hijo.' — 'Ojala no sea 
una ilusion. Pero escucha, Edwin, tengo que decir- 
te algo muy extraordinario. Dime, antes de salir 
para Sud-America, ^revisaste los libros?' — 'No, se- 
nor; no era necesario, ni podia pensar en tal cosa. 
Usted ha recibido nota de mis operaciones en 
aquel viaje de quince dias que precedio a la muer- 
te de Nelly, porque yo se la mande desde Buenos 
Ayres.' — 'Bien, aqui esta tu libro de Caja. Dime 
ide quien es esta Ietra?' — 'jDe Nellyl' — 'Esta fecha 
corresponde a tres dias antes de su muerte, y, como 
ves, la paitida es bien clara: Fecha tal. Para mi 
uso particular £ 5.000. <;Para que queria Nelly 
5.000 £?' — 'No lo s6, senor.' — 'Desde tres dias an- 
tes de su muerte, yo no vi mas al nifio, y ciiando 
pregunte por el, me dijeron que andaba de paseo. 
Volvi a preguntar, y estaba en casa de una parien- 
ta. Al dia siguiente Nelly, se enferm6. Lo demas tu 
lo sabes.' — 'Senor, esto es horrible!' — 'Supongamos, 
hijo mio, que Nelly te hubiera hecho robar, 6 des- 
aparecer a tu hijo; ,>habia entre ustedes algun mo- 



93 



tivo profundo para que tal cosa sucediera?' — Que- 
d6 perplejo ante semejante pregunta. De pronto 
me puse de pie, y en un arrebato insolito, le dije: 
— 'Sefior, dentro de una semana me comprometo a 
devolverle su nieto. Preparese usted para esa emo- 
cion, como yo estoy preparado para todo.' 

«A1 otro dia fui a visitar al Cura, excelente ami- 
go de infancia y juventud, modesto y amable Re- 
verendo a quien pude apreciar y estimar en Oxford. 
Le puse en el secreto de mi vida y me ofrecio se- 
cundar mi plan. A la noche llego el Doctor. Le ha- 
bia avisado que esperaba en la Iglesia y acudio 
k ella. — '<;Tiene influencia la hora?' pregunto. — 
•No se; pero, si para ustedes no es inconveniente, 
yo prefiero que sea lo mas pronto posible.' — 'Es- 
tas cosas' — dijo el Cura — 'son de otro mundo, del 
mundo de las sombras; podemos esperar hasta me- 
dia noche, lo que sera mejor.' — 'Hagase como us- 
tedes lo deseen. Mi resolucion es una, y no puedo 
salir de ella.' 

<A media noche, fuimos al cementerio, situado 
junto a la iglesia, y abriendo el sepulcro en que es- 
taba el feretro de Nelly, penetre resueltamente alii. 

«Antes de morir, me habia dicho: — 'cuando en 
una noche negra y lugubre como mi vida' — y asi 
era la noche. Una vez dentro del sepulcro, senti 
ese olor extrano de humedades reconcentradas, 
con emanaciones amoniacales difusas, y algo fos- 
f6reo y soso, que se vuelve mas desagradable cuan- 



- 94 — 

to mas tenebroso es el recinto. Me acoste junto a! 
feretro y espere. Un momento despues, oi el que- 
jido lastimero, y senti que los olores desagradables 
se disimulaban y se perdian, dominados por un per- 
fume que me era bien conocido. Poco a poco me 
parecio que el feretro desaparecia y que su lugar 
era ocupado por un aire tibio y suave, un aire que 
se condensaba gradualmente y que al fin se mate- 
rialize del todo. De pronto senti que un cuerpo es- 
taba a mi lado, pero un cuerpo vivo, templado, cu- 
yo corazon latia, cuyos pulmones respiraban. Nelly, 
viva, me estrechaba entre sus brazos carifiosos. — 'Al 
fin, Edwin, al fin has venido! jCuanto te he espera- 
do!' — Y senti sobre los labios un beso tibio y amo- 
roso. — 'Has sido perjuro, Edwin; en Egipto me olvi- 
daste por una Almea; en la India por una Bayade- 
ra. Lo que he sufrido sin conocer la causa, no po- 
dras saberlo nunca; pero alcanzaras de ello una 
idea recordando tus intimos pesares con motivo de 
la desaparicion de nuestro hijo, y tambien de mi 
muerte. Al morir nuestra segunda hija, tu espiritu 
se conturb6 y hablaste mas de lo que era necesario. 
Entonces comprendi por que habia experimentado 
tan hondos sufrimientos durante tu ausencia en 
Egipto y en la India. Yo he robado 4 tu hijo; yo 
he querido hacerte sufrir tambien, para que com- 
prendieras lo que he padecido. Pero ahora te per- 
dono, Edwin, porque tu dolor ha llegado a su li- 
mite. Tres dias antes de mi muerte lo puse en ma- 



- 95 - 

nos de una persona que me era adicta, y a la cual 
entregue 5.000 £, para que el nino no careciera de 
nada durante el tiempo que estarias sin cumplir 
mi pedido de agonia. Pero yo sabia bien que ven- 
drias. El Jefe de Policia ha ofrecido grandes can- 
tidades a la persona que le devolviera el nifio, y 
no ha conseguido nada, porque la verdadera fide- 
lidad no se compra con ningun dinero, ni siquiera 
se dobla ante el poder de una nacion como la 
nuestra. Tu hijo esta en Espana. Llena de horror 
a causa de mi accion, sobrevino la enfermedad 
que me dio muerte. En el armario que esta en el 
dormitorio, hay, en la parte superior de adentro, 
un secreto. Toca el boton y encontraras todos los 
documentos. Adios, Edwin, adios para siempre! 
Nunca volveras a sentirme a tu lado, porque vivire 
en tu corazon. Adios, Edwin, adios para siempre!' 

«Cesaron las caricias, desvaneciose el cuerpo, y 
volvi a sentir la realidad del sepulcro, con su hu- 
medad fria y pesada. 

«Me incorpore, abri la puerta y sali. 

cEl Doctor y el Cura me esperaban impacientes. 
Al verlos, les di las gracias, y nos retiramos del ce- 
menterio. 

«Corri a casa, di con el secreto, y halle los pa- 
peles. Inmediatamente vine a Espana y me detuve 
en Asturias. Rapido como el torrente me dirigi al 
pueblito que me habia senalado Nelly en una car- 
ta, y, siguiendo sus indicaciones, encontr6 a mi hijo, 



- 96 - 

el cual, apenas me hubo visto, corri6 a mis brazos 
gritando: Papa! papa!' — En la casa que habitaba, 
mi retrato estaba en todas partes, junto con el de 
Nelly, y tal vez por eso me reconocio despues de 
tanto tiempo. La mujer que lo habia cuidado era 
como una segunda madre de Nelly. 

Ya he podido dormir a oscuras, sin sobresaltos 
ni temorea. Mi hijo no me abandona un momento. 

«Parece que durante el tiempo de nuestra sepa- 
cion no le hubieran ensenado otra cosa que a. aca- 
riciarme cuando me viese. Eso debe haber sido 
orden de la madre No le describire mi situacion 
al levantarlo en mis brazos cuando lo vi. Esto lo 
dejo a su perspicacia. 

«Ahora <;c6mo han podido sustraerlo a la astu- 
cia de los pesquisantes? Aunque sus facciones tie- 
nen mucho de Nelly, los ojos son pardos y tenia el 
pelo claro; se lo han tenido de negro y le han pin- 
tado la cara con una tinta color de gitano. Todo 
esto se borrara. Le escribo en viaje, y es probable 
que la carta este terminada cuando llegue a Londres. 

«Llevo dos preocupaciones: la impresion que 
causara a mi suegro la vista del nieto y tambien lo 
que podra decir el Jefe de Policia cuando se lo pre- 
sente. Esto es grave, porque yo le prometl no in- 
miscuirme en el asunto, y tambien por no habei 
sido la Policia quien lo encontr6. 

«jEn Asturias! jen un pueblo de montaneses! 
jParece mentira! 



- 97 - 

«Otra cosa: mi hijo ha olvidado el ingles, y habla 
el espanol, pero con un acento extrano que no es 
de ingles ni de asturiano, como si tuviera una orga- 
nizacion de Argentino 

«Ya estamos en Londres 

*E1 viejo ha soportado la vista del nifio y no ha 
muerto de emocion. 

«He cumplido la palabra que le di. Se lo he 
entregado antes del plazo. 

«Sin querer me he visto hoy en un espejo. Soy 
otro: bigote y cabellera parecen de nieve. 

cA medida que se disuelve mi primera emocion 
del hallazgo, renace mi dolor y toma cuerpo. Siem- 
pre Nelly me ha cumplido sus promesas. Ahoia la 
siento en el corazon. — Edwin*. 

Inmediatamente, Miguel nos aviso, nos ley6 la 
carta, y di6 comienzo a la suya para Edwin. 

En ella le decia todo lo que se habia convenido, 
agregando la noticia de su propia desgracia de fa- 
milia. Comunicabale, ademas, que sus hermanos to- 
dos le esperaban ansiosamente para demostrarle su 
afecto, y le prometia, para cuando volvieran a verse, 
una relacion minuciosa de lo que habia pasado 
en la torre, donde adquirio la conviccion de lo que 
afirmaba. 

Edwin se manifesto perplejo al leer la carta. Pero 
busc6 su fe de bautismo, la hall6, y los testigos com- 
probaron todo. 

En su contestation a Miguel le decia: 



- 98 - 

«Todo lo que me has escrito es exacto, punto 
por punto, y pensare en lo que debo hacer. 

«Ahora me explico muchas cosas; la identidad de 
nuestros perfiles, la semejahza de mi hijo con Sera- 
fina, semejanza que cada dia se marca mas, y asi 
tambien su acento al hablar el espanol, rasgo de 
atavismo como su cara. Nuestro padre volvio a Bue- 
nos Ayres, quedando aqui mi madre, porque no ha- 
bria podido soportar el viaje. Un afio despues, el 
regreso, muriendo ella al poco tiempo y dejandome 
al cuidado de personas de su confianza y una suma 
respetable de dinero para que me atendiesen. 

«E1, entonces, ha de haber sido ese protector 
oculto que nunca conoci, pero cuyas cartas conservo. 
jOh! Miguel, que cosa extraordinaria! si, yo he co- 
nocido k mi padre; ahora lo recuerdo; yo he visto 
su retrato en tu casa, y por el retrato reconozco a 
la persona afectuosa que enconti6 muchas veces en 
mi vida. Esto te prueba como estaria mi cabeza du- 
rante el tiempo que permaneci en Buenos Ayres. 
Te envio un retrato de mi hijo, y con el y para todos 
ustedes, cuanto en mi corazon esta disponible de ca- 
rino, y no ocupado por mi querida, inolvidable 
Nelly. » 



VIII. 

SERAFINA. 

Cuando Uego el Verano, Miguel y su familia se 
fueron a la estaricia. Los menores se entregaron a 
sus paseos y correrias habituales, desquitandose de 
las penurias escolares de los meses transcurridos. 
Bebian a raudales el aire y el sol del campo, y aun- 
que sus rostros se tostaban a la intemperie, sus cuer- 
pos almacenaban salud para el ano siguiente. 

Miguel Hev6 a la torre a Serafina, cierta manana, 
y despues de hacerle leer la carta de su padre, como 
lo habia prometido al abuelo, la quemo. 

— «,jSabes, Miguel, que me preocupa una cosa?» 

— «<;Cual?» 

— «,;De que modo se puede justificar, no ya con 
nosotros, sino con Edwin, la falta de manifestacio 
nes paternales de nuestro padre con su hijo en In- 
glaterra?» 

— «Tienes razon. Pero yo he encontrado una 
carta suya en la que lo explica por el deseo de en- 
caminar a Edwin dentro de una autonomia casi 
completa, y observando paso a paso el desarrollo de 
su energia y de sus aptitudes*. 

— «,>Y quedara Edwin satisfecho cuando la lea?» 
— «No lo s6; pero si ese protector de que nos 



- 100 - 

habl6 le escribia, 61 conservar£ las cartas, que segu- 
ramente soa de nuestro padre, y, al comparar el tipo 
de letra, no tendra mas remedio que reconocerla, 
y aceptar que aquello podra haber sido un error, 
segun su propio criterio, pero nunca podra acusarle 
de indiferencia. ^Que le ha faltado? <>Las exteriori- 
dades del carino paternal? Si los hijos devolvieran a 
&us padres los besos que les dieron de criicos, no 
tendrian tiempo para ello. Ademas, no olvides que 
nosotios somos Argentinos y que Edwin es ingles. 
En materia de manifestaciones de carifio, nosotros 
somos la antitesis de los pueblos del Norte. No creo 
que Edwin, despues de hallar a su hijo, llorar a 
Nelly, y recuperar seguramente sus facultades, quie- 
ra buscar en ultratumba nuevas causas de dis- 
gusto*. 

— «Cada dia que pasa, me parece que todo esto 
es ilusion; que ustedes han sido victimas de algun 
hechizo y que estan embrujados». 

— «Puedes afirmarlo con toda confianza, porque 

tu nada has visto: pero yo yo que he puesto las 

manos en la masa, yo que he oido y temblado, y 
atestiguado tanta maravilla, no puedo negar ahora 
lo que antes negaba, y dejando que mi vida se des- 
lice como antes, con las mismas creencias y dudas, 
colocare todo eso en un parentesis colosal, por en- 
cima del cual saltare cuando discuta sobre cualquier 
t6pico y hare de cuenta que ha sido un sueiio. No 
pienses, por otra parte, que lo que has oido se re- 



- 101 - 

chaza redondamente por todo el mundo. Hay miles, 
centenares de miles de personas muy razonables en 
todos los actos de su vida, para quienes la mate- 
rialization de Nelly, la aparicion del General, los 
gemidos y otros fenomenos mas espeluznantes aun, 
son la realization innegable de un mundo que no 
conocemos, por haber seguido, en la evolucion de 
nuestro progreso, rumbos que nos han acercado al 
ideal de lo que Uamamos civilizacion de Occidente; 
mientras que los indios del Indostan y del Tibet, 
sin tantos canones, ni logaritmos, ni telescopios, ni 
telegrafos, han seguido otro rumbo que los aproxi- 
ma a la vida espititual y que realizan en los miste- 
rios de sus pagodas y en sus cavernas mil veces 
seculares. Pero dejemos esto, y hablemos de ti. <>Te 
ha dicho algo Roberto?* 

— «,;Por que me lo preguntas?» — dijo Serafina, 
ruborizandose ligeramente. 

— «Siempre he notado que usaba contigo corte- 
sias que no emplea con otras j6venes tan interesan- 
tes como tu». 

— «Es verdad. Hace tres anos que me obsequia 
con tal finura, que, a la larga, no tendre mas reme- 
dio que atenderle. Despues que se ha convencido de 
que Edwin es mi hermano, sus atenciones han re 
crudecido. Pero volvamos al tema anterior. <>Que 
opinas sobre esas situaciones maravillosas y de lo 
que se refiere a Nelly?* 

— «^Que opino? Que Dios te libre para siempre, 



- 102 - 

mi querida hermana, de un histerismo hasta 
ultratumbah 



En una tarde calurosa de Diciembre, la familia 
tomaba el fresco a la sombra del viejo caseron, 
cuando divisaron un carruaje que se acercaba al ga- 
lope de los caballos. Veianse, amontonadas en el 
pescante, algunas cajas y balijas. Cuando paro, se 
apearon un caballero de figura arrcgante, con bigote 
y cabellera de nieve, y un nino como de cuatro anos. 

— «jEdwin! hermano mio!» — vociferaban todos. 

— «jQue ricura de muchacho!* 

Y el padre y el hijo, confundidos en un solo abrazo, 
ahogaron su emocion entre el bullicio y las lagrimas. 

— «Oh! yo puedo ser feliz tbdaviaU — pensaba 
Edwin, mientras un chingolito, posado en la rama 
de un sauce, dejaba escapar su melodia nocturna, 
como una evocacion al porvenir y una promesa de 
bendicion. 

B. A., IV. j 5 , 95. 



FIN. 



INDICES 



Pig. 

Articulo del Dr. Joaquin V. Gonzalez in 

Dedicatoria ix 

Nbliy. — I. Edwin , i 

II. Un gemido 15 

III. Las luces de la torre 29 

IV. Nelly 43 

V. Aparicion 57 

VI. La sombra del general 69 

VII. En el sepulcro 87 

VIII. Serafina , 99